Opinión
Europa y el toro

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en su discurso a la nación, en la Casa Blanca / Europa Press/Contacto/Doug Mills - Pool via CNP
Hace unos días tuve ocasión de leer en Levante-EMV dos artículos sobre la Unión Europea escritos por sendos parlamentarios valencianos, los cuales, para sorpresa mía, concidían en lo fundamental pese a pertenecer a orillas opuestas del arco parlamentario español. No sé si a estas alturas Esteban González Pons y Leire Pajín han sido simplemente amonestados por sus jefes de fila o castigados con la inhabilitación a perpetuo o, incluso, encerrados en alguna celda perdida de cualquier resort y obligados a zamparse la basura que llaman buffet. ¡Mira que preocuparse por el destino de Europa! ¡Todavía no se han enterado de que aquí se está jugando una apasionante partida de corrupchís que cambiará –dicen- la suerte de los españoles, convertidos en simples espectadores (y paganos, me temo)!
Sin embargo, desde que Trump, ha proclamado el “aniquilamiento civilizatorio de Europa” [sic] la cosa está que arde. Nos asomamos a una guerra no deseada como la que las democracias europeas tuvieron que enfrentar en 1939 cuando la Wehrmacht alemana invadió Polonia, sin que hubieran servido para nada los intentos de apaciguar a Hitler en Munich (por cierto, que la palabra “aniquilación” ya la había empleado profusamente el dictador nazi: Vernichtung). Esta de ahora es una guerra total: comercial, cultural y hasta militar. El dictador yanqui pretende vendernos sus productos –generalmente peores que los chinos– a precios abusivos, al tiempo que lastra arancelariamente los nuestros. Afirma que Europa se está coloreando de oscuro a consecuencia de una inmigración descontrolada, como si EE. UU. hubiese sido posible sin la masiva inmigración de personas de todo el mundo y el consiguiente “melting pot”. Finalmente, sugiere sacrificar Ucrania como víctima propiciatoria en el altar de Rusia para que florezcan más si cabe sus negocios privados y los de sus amigos.
La cosa viene de lejos y Trump, un tipo bastante inculto, no diría lo que dice si no existiesen antecedentes intelectuales. Hace algo más de un cuarto de siglo un profesor universitario llamado Samuel Huntington publicó en Foreign Affairs un artículo titulado “The clash of civilizations” (1993) en el que proponía expulsar de EE. UU. a todas las personas que no perteneciesen a la llamada civilización occidental. Como lo que verdaderamente define a las nueve civilizaciones reconocidas por él es la religión, se trataría de expulsar a subsaharianos, japoneses, chinos, latinoamericanos, ortodoxos, islámicos, budistas e hindúes. Ya ven. Que un supuesto académico norteamericano proclame la necesidad de prescindir de los latinos, es decir de los occidentales más antiguos de América, los cuales pueblan más de la la mitad del continente americano y son más de cincuenta millones en el mismo EE. UU. constituye un retrato de la altura intelectual del personaje. Como lingüista interesado en el Spanglish y como académico correspondiente de la ANLE he polemizado con los que defienden las ideas de Huntington en numerosas ocasiones. Lo que nunca creí es que estas ensoñaciones narcisistas pudieran dictar la política de un país que nos resulta culturalmente tan entrañable a los europeos.
Según la mitología griega, Europa era una hermosa dama fenicia que fue raptada por Zeus, disfrazado de toro blanco, y trasladada a Creta, donde la hizo suya entregándole tres obsequios: un autómata de bronce, un perro feroz y una jabalina. Así seguimos: los EE. UU. se han aprovechado de las consecuencias de la primera y de la segunda guerra mundial, que padecimos los europeos, proporcionándonos (eso sí: previo pago) muchos robots con salsa de IA, muchos amigos del hombre que no nos perdían ojo y mucho, muchísimo, armamento. Y lo peor de todo: el padre de los dioses era brutal, pero imponente, mientras que este coleguilla hodierno solo cumple la primera cláusula.
Puede que luego todo quede en salvas, pero el inevitable extrañamiento de la UE respecto de los EE. UU. (y, de paso, su acercamiento a China, que nunca nos hizo nada malo) dibuja un horizonte inédito en la historia de Europa. Eso sí: a condición de que cambiemos el punto de vista y caminemos hacia la unidad y no hacia la disgregación. El Brexit fue claramente un traspiés en esta dirección: los nacionalismos antieuropeos (a veces inducidos por el Kremlin) que propician el distanciamiento, también. Los españoles de mi generación aún tenemos en la retina la imagen icónica de un guardia civil con tricornio que enarbolaba un pistolón gritando órdenes desde la tribuna de las Cortes. La salida, compartida apasionadamente por todos, se llamó Europa. Hoy es rarísimo que un español (o un francés o un italiano o...) sienta Europa como su país. Malo sería que volviésemos a las andadas alentados por salvapatrias anti UE. Ojo, que vienen curvas.
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