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Opinión

Doctor en Filosofía y profesor de bachillerato de filosofía, psicología y religión en el Patronato de la Juventud Obrera de Valencia (PJO)

La Navidad cegadora y deslumbrante

Árbol de Navidad en Dénia.

Árbol de Navidad en Dénia. / Miguel Padilla Ferrer

Al final del Cuento de Navidad de Charles Dickens el viejo Scrooge pronuncia las siguientes palabras: “Honraré la Navidad en mi corazón y procuraré conservarla durante todo el año”. Siempre que diciembre se inicia con el Adviento, una de las preguntas que me hago es qué tipo de Navidad tenemos que vivir para que no sea un tiempo y una época más. Estamos ante una fiesta que traspasa su carácter religioso y se adentra en la mayoría de las familias. De alguna forma, atrapa, pero siempre estamos ante el peligro de confundir y banalizar lo que estamos viviendo. Como sigamos así, seamos sinceros, la Navidad, como diría mi amigo Martín Alexis, comenzará el 15 de agosto. El encendido de las luces se hace en noviembre, con grandes destellos y pompas. Todo son sonrisas y alegrías impostadas que tienen que quedar grabadas en la memoria de un dispositivo digital. Pero ¿es esto la Navidad? Me hace gracia cómo cuando llega Navidad, la gente está harta de todo con ganas de que se acabe y a afrontar la cuesta de enero. El problema es que su fundamento y significado profundo y último nada tiene que ver con esta Navidad deslumbrante que nos ciega ante lo que nos interpela. Seamos creyentes o no, el hecho primordial es que nace un niño que cambió la historia. Algunos lo consideran un hombre extraordinario; otros el mismo hijo de Dios. Sin embargo, se nos presenta como necesitado de acogida y de amor.

Lo hace en un pesebre, a las afueras de un pueblucho que estaba en la periferia de Judea, Belén, a oscuras, sin luz, en medio de la noche, junto con pastores y ladronzuelos. Su nacimiento pasó desapercibido para las gentes ilustres de su tiempo. Cuántos cobertizos y pesebres oscuros y miserables conocemos donde no llegan las luces oficiales de las ciudades: los puentes con inmigrantes, los centros de menores, las residencias, los vagabundos, enfermos mentales, drogadictos, personas presas, niños acosados a diario sin descanso… La Navidad es alumbrar lo que está silenciado, oscuro, y hacerlo emerger desde el convencimiento que a pesar de todas las circunstancias que vivamos siempre se pude volver a nacer, siempre se puede volver a comenzar y construir una vida nueva. El papa Francisco, en una homilía de Nochebuena en Buenos Aires, decía: “En las preferencias de Dios no entran ni los sectores sociales ni la ciencia de este mundo, sino solamente la sencillez y humildad que hace que un hombre, al inserirse en la historia, lo haga como siervo en el ‘Siervo’ único, que es quien da sentido a todo este camino”.

La Navidad del niño Jesús no es la del empacho ni la de la sal de frutas ni del omeprazol. Los restos de la Navidad deben quemarse pronto bajo la mirada expectante de gimnasios y dietas. Qué curioso, grandes pompas de inicio, aunque con prisas para no dejar ni rastro de ella. Por el contrario, la Navidad originaria se dirige al interior de nuestro corazón, a lo que perdura, la forma en que amamos y servimos a los demás. No nos dejemos engañar por lucecitas artificiales que iluminan un minuto y se van y nos dejan con una mano delante y otra detrás. Deshagámonos de los ídolos que nada nos dicen y busquemos lo que nos hace ser, no tener, para andar hacia lo esencial, lo que nos da vida y dignidad. Humildad y sencillez como escenifica ese niño recostado en un pesebre y envuelto en pañales. Feliz Navidad.

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