Opinión | El mar alrededor
30 años de ‘El cuento de Auggie Wren’: el relato de Auster que brilla en Navidad
La relectura del cuento navideño de Paul Auster se convierte en un ritual para no olvidar que la cultura es refugio de la ilusión, manteniendo la inocencia intacta
Las Navidades son una fecha como cualquier otra para las segundas oportunidades, igual que el cambio de año nos sirve de palanca para resetear propósitos. Hay libros o películas que merecen una segunda lectura porque cuando llegaste a ellos por primera vez eras otra persona: quizá más estresada, más joven seguro, con otras prioridades y foco en las cosas. El tiempo navideño da para paladear de otra forma la cultura que nos hace. Inés Rodrigo contaba hace unos días que no era aficionada a las relecturas, pero ha sido en estos días que una charla con un sobrino la ha puesto entre la espada y la pared sobre su estantería de libros favoritos. Si tanto le gustan, ¿por qué no los vuelve a leer? Inés releyó Hamnet, de Maggie O’Farrell, y gozó de la experiencia.
Yo releo todos los años un brevísimo libro de Paul Auster por estas fechas, y creo que esta vez es más oportuno que nunca: se cumplen 30 años de su publicación en España y las distintas versiones ilustradas que han ido editando desde entonces han convertido en un milagro navideño su existencia en las librerías, aunque siempre quedan las bibliotecas para asomarse a él si te cuesta encontrarlo. El cuento de Auggie Wren nació de un encargo del The New York Times al escritor para dar contenidos especiales navideños a sus lectores, y Auster, poco alineado con los encargos y la Navidad, se metió en el cuento literalmente para dejar clarito que no le gustaba el tono edulcorado con el que se asocian estas fechas. Lo bordó. Falto de ideas, Auster relata en el libro cómo un estanquero del barrio que frecuenta le regala una historia, la que hay detrás de su colección de fotografías tomadas cada día a la misma hora en la misma esquina con una cámara muy especial.
En el cuento salen robos y delincuentes, pero resplandece la Navidad, una comida compartida con una anciana que quiere creer que le visita su nieto. También brilla el preciado regalo del tiempo y de esa mentira, por qué no, que esconde ternura y amor. No te cuento más por si no leíste el cuento; por si no viste tampoco la película que luego inspiró, Smoke, o por si no has escuchado atentamente la canción de Tom Waits que ilumina la banda sonora del filme, Innocent when you dream. Lee el cuento. Mira la película. Escucha la canción. Regálatelo todo.
Vuelvo una y otra vez a El cuento de Auggie Wren cada Navidad como un ritual para no olvidar que aunque la realidad nos desgaste, los sueños y las historias que nos contamos a través de la cultura son refugio de la ilusión de lo que fuimos y queremos seguir siendo, obstinadamente atados a unos valores que mantienen la inocencia intacta, como en una gota de ámbar.
Con esta oportunidad de releerlo, hay algo distinto cada vez que me llama la atención como una pepita de oro que asoma entre la arena del río. «Si no miras con detenimiento, nunca conseguirás ver nada», dice en un momento de la historia Auster, cuando por fin entiende al estanquero.
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