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Opinión | Bolos

Director de Levante-EMV

La ciudad de los conciertos

El Roig Arena, el Nou Mestalla y la plaza de toros son algunos de los escenarios que impulsan la transformación de València en un destino musical, pero requieren coordinación

Concierto de Pablo Alboran en la plaza de toros de València.

Concierto de Pablo Alboran en la plaza de toros de València. / Eduardo Ripoll

Hay ciudades que presumen de skyline. Otras, de plazas, fuentes, monumentos, museos o fiestas patronales. Desde que el Roig Arena encendió sus focos, la conversación urbana en València casi se ha convertido en un calendario: quién viene, cuándo y cuántas fechas. Con el estreno del pabellón multiusos de Quatre Carreres, de pronto cualquier gran infraestructura orientada al espectáculo quiere ser escenario. El Nou Mestalla, todavía entre obra y promesa, ya se asoma al negocio de los grandes conciertos con un estadio que no solo aspira a goles, sino también a giras. Y tal como está la puntería del Valencia, casi mejor hablar de actuaciones. La Diputación —con la plaza de toros, en la bisagra de la Estación del Norte— igualmente busca operador para potenciar conciertos y dar uso continuado a un edificio histórico.

La ciudad de los conciertos suena bien, como eslogan e incluso como selfie. Genera ocupación hotelera y hostelera, empleo eventual, transporte público y eco mediático. Pero exige algo de gobernanza. Porque el bolo no es solo el artista. Es la convivencia, la seguridad, el plan de emergencias, el barrio que se queda sin aparcar y el vecino que descubre que las paredes también vibran. Conviene preguntarse si estamos construyendo una estrategia cultural o, simplemente, una subasta de recintos; si la música de la music city es una mera rotación de fechas. Porque una cosa es atraer grandes nombres internacionales y otra convertir la ciudad en un parque temático de decibelios, donde la identidad se mida por la cantidad de pulseras en las muñecas.

Nadie duda de que València tiene músculo. El Roig Arena aporta modernidad y capacidad; el Nou Mestalla puede diversificar ingresos; la plaza de toros puede recuperar vida y programación. La mala noticia es que, sin coordinación, cada uno tocará su solo y el público pagará la disonancia.

Que vengan los bolos, sí. Pero que lleguen con ciudad detrás, con movilidad reforzada, horarios sensatos, retorno cultural en los barrios y una narrativa que no dependa de la próxima gira. Porque cuando se apagan las luces, lo que queda no es el concierto, es València.

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