Opinión
Tertulias televisivas y salud

Archivo - Una persona utiliza su mando de la televisión / Ricardo Rubio - Europa Press - Archivo
Aunque nacieron con el periodismo rosa, las tertulias de televisión con fuerte crispación hace tiempo que contaminaron el debate político, mezclando desordenadamente la información, la opinión y el entretenimiento. Es la politización del espectáculo.
Infoentretenimiento
Copia del infotainment inglés, el infoentretenimiento llegó a España a comienzos de la década de 1990. Consiste en la mezcla de una información pretendidamente seria (extraída de las noticias de actualidad más relevantes o escandalosas) con un humor de gracia indefinida.
Esta fórmula fue copiada por la casi totalidad de las tertulias televisivas con temas de actualidad, incluida la política, tan apetitosa ahora gracias a los escándalos de corrupción, la polarización social, los insultos y los bulos.
Esta polarización y los conflictos político-sociales suelen ser maximizados en el debate televisivo con la crispación, como dinámica psicológica para alcanzar mayores cotas de audiencia. De manera que la crispación, en las tertulias, se ha convertido en un modelo de negocio rentable, en detrimento del debate sosegado y de la salud democrática del país, además de la salud física o mental de algunos televidentes (especialmente los más vulnerables) que sufren cardiopatías, estrés o ansiedad.
Son los momentos de mayor crispación los que se comparten en redes sociales porque son los que más probabilidad tienen de hacerse virales. Y esta visibilidad confiere más valor comercial al programa. La cadena recibe publicidad gratuita y el modelo publicitario la recompensa. Esto crea un efecto que se retroalimenta: cuanta más crispación, más audiencia, más ruido en redes, más publicidad, más competencia por conseguir mayor crispación.
Por su parte, los tertulianos más agresivos y que más crispación crean, reciben fama y las cadenas los premian.
Tertulias de trinchera
Las televisiones se han contagiado de las redes sociales. Antes existían programas sensacionalistas, pero la dependencia cada vez mayor de la repercusión en internet ha propiciado la aparición y auge de las tertulias de trinchera, en las que la crispación y el conflicto son los mejores ganchos, donde los gritos, los insultos y la agresión retórica son casi constantes.
Como el dramatismo del conflicto atrae más la atención de la mayoría de los televidentes que el debate sosegado y respetuoso, los argumentos y el razonamiento son desplazados por la bronca y el desprecio, con escalada de interrupciones, gesticulaciones y descalificaciones. La realidad compleja se reduce a una dicotomía en la que se prioriza el enfrentamiento entre izquierda y derecha, entre nosotros y ellos.
Todo ello busca provocar la indignación del televidente, pero no por la calidad del producto televisivo que le ofrecen, sino porque entiende que la bronca es el resultado de la pasión y la franqueza. Y al romperse una y otra vez las normas de cortesía, la barrera moral cae progresivamente en cada programa, con más insultos, mayor crispación. Un círculo vicioso de hostilidad, producto de la tiranía de la audiencia y de la falta de ética de los responsables, sean ejecutivos o periodistas.
Espectacularización de la política
La realidad política es compleja, pero su traducción al lenguaje de entretenimiento y conflicto la frivoliza y la reduce a relatos simples con héroes (unos pocos) y villanos (muchos). Lejos de ayudar a resolver un problema, el debate melodramático o con humor ácido sirve para avivarlo. Se erosiona la confianza en el proceso de diálogo y en la búsqueda de consensos.
Esta espectacularización de la política ha llevado a la mayoría de los líderes a copiar el estilo de las tertulias en sus intervenciones públicas, ya sea en mítines o en la tribuna parlamentaria: simplificación, deslegitimación, ataque personal.
Los televidentes asimilan este mensaje y trasladan la crispación a la conversación pública y privada, no solo sobre política, sino también sobre inmigración, feminismo, cambio climático, salud mental…
Tiranía de la audiencia
¿Por qué la crispación crea picos de audiencia? Porque una parte experimenta una catarsis personal, validando su propia ira o frustración con la deslegitimación del adversario y no con el análisis de un problema complejo.
Esta polarización afectiva refuerza la identidad de grupo y confirma sus propias creencias con el llamado sesgo de confirmación (aceptar la ratificación, nunca la duda). El desprecio hacia el contrario genera indignación vicaria al ver a otro gritar lo que se piensa, produce alivio ver a alguien que piensa igual ganar una bronca al adversario. Es una emoción adictiva.
Tertulianos mercenarios
Una gran parte no son analistas independientes, sino portavoces de trinchera, mercenarios muchas veces propuestos por los principales partidos políticos. De modo que cada uno representa a un bloque ideológico que ataca a otro bloque, con el objetivo de activar una respuesta emocional en la audiencia.
Con la crispación que generan demuestran firmeza y lealtad ideológica ante los suyos. Quien practica el análisis tranquilo y fundado suele ser eliminado del circuito por aburrido o falta de interés.
Tertulias deliberativas
Prácticamente han desparecido de las parrillas televisivas las tertulias deliberativas porque el desacuerdo razonado es menos rentable, al parecer, que el conflicto, el escándalo.
Pero, ¿realmente una tertulia sosegada, respetuosa, con momentos de alta tensión intelectual y dialéctica, al estilo del mítico programa La Clave, ya no tiene cabida en la televisión de hoy?
Quizá soy un boomer nostálgico, pero me resisto a creer que un programa televisivo de actualidad en el que, a través de la información y el debate respetuoso, se intente aclarar dudas y acercar posturas opuestas, con un código de conducta ético y un moderador activo que procure un diálogo constructivo, sea menos rentable e interesante para los televidentes que una tertulia-espectáculo basada en la crispación y el beneficio espurio.
Reivindiquemos y exijamos la ruptura de equivalencia entre crispación y audiencia mediante la realización y seguimiento de programas en los que el compromiso e interacción con la audiencia (engagement) se fundamente en la información y la credibilidad, no en el conflicto y la bronca. Todos ganaremos en salud, tanto personal como democrática.
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