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Opinión

Valencia

Valencia CF: la importancia de seguir ahí

Contra el victimismo enfermizo que se ha instalado en gran parte del valencianismo, conviene recordar que el club de Mestalla lleva décadas autoinmolándose. Contra el discurso apocalíptico, quizá convenga aceptar la realidad del fútbol moderno y centrarse en la fuerza del Valencia CF, que no es otra que su energía única e irreductible para salir siempre reforzado.

Hugo Duro celebra el triunfo del Valencia CF ante el Levante UD.

Hugo Duro celebra el triunfo del Valencia CF ante el Levante UD. / Francisco Calabuig

Cansa el catastrofismo permanente que se ha instalado en el valencianismo. No porque no existan motivos, que los hay de sobra, sino porque hace tiempo que dejó de ser un análisis para convertirse en una respuesta automática: la comparación con el club que fuimos, el desprecio hacia estos futbolistas y la sentencia final de que todo lo actual es indigno.

Este discurso apocalíptico se repite como si fuera profundo, pero no avanza. Y empieza a cansar. Porque todos esos argumentos siguen un mismo patrón, el del victimismo crónico que tanto le hemos atribuido al otro equipo de la ciudad, con sus virtudes y sus miserias. Como las nuestras.

Superados ya los primeros diez años de la era Peter Lim, quizá es el momento de la aceptación, en su sentido más psicológico —y también filosófico—. Aceptar no es rendirse, ni resignarse; es asumir el contexto y dejar de estar instalados en la queja diaria. Parte de este infierno, conviene recordarlo, también lo construimos nosotros, alimentando un relato que se recrea en el desastre.

En este tiempo incluso se nos ha querido convencer de que la única forma “decente” de protestar era dejar el estadio vacío, como si la ausencia otorgara superioridad moral y la presencia te convirtiera automáticamente en cómplice. Algunos empezamos a verlo de otra manera. Esto no es sumisión. Esto es resistencia.

Desde este discurso extenuante se insiste en que ya no queda nada del Valencia CF que conocimos, como si el club hubiera muerto en 2014. Conviene refrescar la memoria. Aquel Valencia tenía 313 millones de euros de deuda y fue la Generalitat Valenciana la que forzó la venta tras avalar con dinero público el impago de la Fundación. Sí, dinero público. De gente del Levante, del Hércules, del Castellón, del Villarreal y también de quienes no saben lo que es un balón de fútbol. Menos épica y más realidad, que la culpa también es nuestra.

Danjuma celebra un gol ante el Getafe.

Danjuma celebra un gol ante el Getafe. / Manuel Bruque / Efe

La realidad es incómoda, pero clara: los clubes ya no son de la gente. Son de propietarios, de fondos de inversión, de grupos empresariales. Le ha pasado al Valencia CF y le ha pasado a muchos otros. Asumirlo no es rendirse; es dejar de engañarse. El problema es que a nosotros nos ha tocado el malo. Desde ese punto de partida, tras años de protestas y con un futuro por descubrirse, cada cual elige cómo vive su militancia.

Muchos hemos elegido quedarnos. Seguir yendo a Mestalla porque, pese a todo, ahí siguen pasando cosas. A veces basta con un tramo de partido, con una reacción de la grada, para entender que el valencianismo no está muerto ni anestesiado. Aplaudir 25 minutos ante el Mallorca, sí. Esa es la grandeza del Valencia CF: seguir ahí, esperando una mínima señal para volver a empujar. Se repite a menudo que todas las aficiones son iguales, pero no es cierto. Hay clubes que, con estos mismos resultados y esta misma gestión, ya estarían apagados. El Valencia CF, no. Aquí existe una fuerza colectiva que aparece cuando todo va bien y, sobre todo, cuando todo va mal. Esa energía es la que lo explica todo.

Por eso Mestalla está lleno cada partido. Eso no lo sostiene un club pequeño ni una afición resignada. Eso lo sostiene un club maltratado, pero grande.

El Valencia no se defiende abandonándolo. Se defiende manteniéndolo vivo. Y hoy, con todo lo que hay, Mestalla lleno sigue siendo lo que mejor nos representa.

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