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Opinión

Madrid

Delirio MAGA

Donald Trump, el 19 de diciembre de 2025.

Donald Trump, el 19 de diciembre de 2025. / Europa Press/Will Oliver

Fue Freud quien dijo que las religiones, por lo general una fuente de consuelo, pueden dar lugar a delirios colectivos bajo determinadas circunstancias. Sin embargo, la colectivización del delirio debe comenzar por uno más personal. En el caso de MAGA, el delirio lo inició Jean Raspail, un ultracatólico francés, que no había perdido, en pleno siglo XX, la esperanza de que Francia regresara a la monarquía. Ahora, los líderes de MAGA organizan eventos sobre su obra más importante, “El campo de los santos”, en su restaurante favorito, Butterworth’s, en la colina del Capitolio. El libro fue publicado en 1973, pero ya fue la lectura de una joven llamada Marie Le Pen.

Ahí, en esa distopía delirante, comenzó la tesis del gran reemplazo, el panfleto del mismo título que escribió Renaud Camus, un apellido digno de mejor causa, que fundó el Partido de la Inocencia. En la novela, cientos de barcos procedentes del tercer mundo invaden Europa emprendiendo un genocidio blanco. Para el 2050 solo quedarían ciertos grupos aislados que se prestarían a resistir y a iniciar “la reconquista”. La palabra aparece en español. El pasaje que inicia el capítulo XXVIII dice: “El anuncio del cruce del estrecho de Gibraltar [por la escuadra de emigrantes] fue rápidamente conocido en toda Europa, pero España recibió de forma brutal el primer choque”. Entonces, las procesiones rutinarias de Semana Santa, “curiosamente recuperaron su alma”. Fue una metamorfosis que llevó a la gente “de rodillas, a cantar los viejos cánticos. Los que habían olvidado las palabras latinas no tuvieron vergüenza de tararearlas”.

Todo lo demás es apocalíptico, cierto. Sin embargo, de momento, sólo vemos la recuperación de los cánticos, aunque no oteemos ninguna escuadra procedente del Ganges. No obstante, ya vemos a Díaz Ayuso y a Feijóo arrobados, ella con los ojos traspuestos en el preámbulo del éxtasis, él como un descreído comparsa, por lo que pueda pasar, cantando villancicos en la Puerta del Sol, mirando al cielo, como esas poblaciones que en la novela reaccionan recordando la vieja piedad frente a la amenaza de una desaparición inminente. El miedo preventivo y delirante a las hordas de Gog y Magog de los pueblos del sur global, por lo pronto solo produce hordas de falso misticismo político. La Puerta del Sol, como Covadonga, inicia la reconquista. Y en realidad algo tienen en común. Ni los rebeldes de Covadonga ni estas gentes de la Puerta del Sol quieren pagar impuestos.

Pero en todo caso delirio. Idrees Kahloom, un periodista de “The Atlantic”, informa que en una discusión sobre “El campo de los Santos”, el ultraderechista y defensor de la dictadura Curtis Yarvin, admirado por el vicepresidente Vance, acabó diciendo a gritos: “Quiero que mis hijos mueran en el siglo XXII. No quiero para ellos la experiencia de ningún tipo de holocausto postcolonial”. Esa es la cuestión. El Sur global, la poscolonialidad como una revancha, el miedo a un nuevo Calibán apocalíptico. Pero cuando leemos los escritos de un tipo como Peter Thiel, de quien hablaré en otra ocasión, lo único que apreciamos es que no quieren pagar impuestos y tener las manos libres para los negocios que empobrecen al mundo. Eso esconden los inductores de delirios generales.

En la novela, unas páginas más allá de ese momento en que la invasión de emigrantes pasa el Estrecho, hay una escena que se desarrolla en Gata. Allí se descubre una veintena de cadáveres desnudos. No son emigrantes. Casi todos eran blancos, estrangulados. Uno de ellos era un misionero laico que había acompañado a los invasores y que ahora ya era prescindible. ¿Podemos considerar un azar que, en el día de Navidad, el presidente Trump decrete un ataque en Nigeria con la voluntad de que no haya más ataques a los cristianos por los guerrilleros del Isis?

Mientras Hispanidad, el periódico digital cercano a los ideales MAGA, se enfrenta claramente con el rey Felipe VI por su discurso de Navidad, Trump imita a los reyes europeos, pero al modo de las locuciones populistas del odiado Maduro. Durante veinte minutos atropellados, en el horario de máxima audiencia, desde una Sala de Recepciones Diplomáticas navideña, el pacifista Trump anuncia como principal novedad lo que llama “el dividendo guerrero”. Es una forma de confesar que él dirige una empresa llamada Estados Unidos. Así, enviará por correo 1.776 dólares a todos los militares del país, como beneficio de su accionariado.

El resto del discurso fue una especie de letanía tautológica como respuesta a sus críticos. “Estamos poniendo a Estados Unidos en primer lugar y estamos haciendo que Estados Unidos vuelva a ser grande, es muy sencillo. Estamos haciendo que Estados Unidos vuelva a ser grande”. Así, veinte minutos. Alguien ha debido pasarle a Trump el discurso de Pepe Isbert en la escena del balcón de “Bienvenido Míster Marshal”. Al parecer, solo el 36 % de la población americana cree que las palabras del presidente describan la situación real. No importa.

Ciertamente, no le importa a Trump, que se le veía distraído en su discurso. Y tenía motivos para distraerse. Porque en el momento en que estaba pronunciando esas palabras, es muy posible que estuviera celebrando el acuerdo de sus empresas familiares con TAE Technologies, la empresa que explora la producción de energía mediante fusión nuclear, y que avanza que habrá grandes novedades a primeros de los años 2030. La empresa ya vale 6.000 millones de dólares. Y es que no se puede entender Estados Unidos como una gran empresa sin que en el fondo la gran empresa sea la de su presidente. ¡Y es Europa la que está en decadencia!

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