Opinión
La felicidad no se deja fotografiar

La felicidad no se deja fotografiar / Freepik
Cada Navidad, las redes sociales se transforman en un enorme escaparate. Familias perfectamente coordinadas posan en amplios salones, vestidos de gala o con pijamas idénticos; árboles de Navidad rebosantes de regalos cuidadosamente envueltos; mesas cargadas de marisco que parecen sacados de una revista de decoración. Todo con una misma intención, transmitir felicidad, armonía y abundancia. Sin embargo, detrás de esa avalancha de imágenes les lanzo una pregunta incómoda: ¿cuánto de esa felicidad es real y cuánto es puesta en escena?
La sobreexposición en redes sociales ha convertido momentos íntimos en productos de consumo visual. La Navidad, que tradicionalmente se asociaba a la familia y al reencuentro se ve ahora abocada a la necesidad de mostrar. Y, cuanto más, mejor. Publicar una foto familiar parece haberse convertido en un gesto aspiracional, casi como salir en la revista Hola: una manera de exhibir una vida ideal, digna de admiración y envidia. Pero esa aspiración choca con la realidad cotidiana de la mayoría.
Las imágenes que se comparten construyen una narrativa de éxito material y emocional que resulta inalcanzable. No todas las familias viven en casas amplias ni pueden permitirse cenas abundantes, regalos costosos o ropa nueva para la ocasión. Tampoco todos tienen una familia con la que posar. Hay quienes atraviesan dificultades económicas, ausencias irremplazables, duelos o rupturas, y hay quienes, sencillamente, no tienen con quién celebrar. Para ellos, mirar las redes, puede convertirse en un recordatorio doloroso de su soledad.
Además, esa felicidad exhibida suele ser parcial o ficticia. Las redes no muestran las tensiones familiares, las ausencias o las discusiones que muchas veces preceden a esa foto ‘perfecta’. La sonrisa, a veces, está forzada y es el resultado de varios intentos y, una mano o un gesto cariñoso es sólo una breve pausa antes del silencio y la incomodidad. Sin embargo, lo que queda fijado es la imagen editada que refuerza la idea de que la felicidad es permanente, visible y obligatoria.
No se trata de demonizar las redes sociales ni de negar el derecho a compartir momentos felices. El problema surge cuando la exhibición se vuelve norma y la comparación, inevitable. Cuando parecer feliz importa más que estarlo, y cuando el valor de la Navidad se mide en likes, en metros cuadrados o en el número de regalos bajo el árbol.
Hoy, pasada la Navidad, y tras ojear algunas revistas digitales, llevo horas dándole vueltas y replantándome qué celebramos y cómo lo hacemos porque la Navidad también puede ser silenciosa, imperfecta y discreta; porque no todos los hogares brillan ni todas las mesas están llenas; y porque la felicidad y el cariño sincero no siempre se deja fotografiar.
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