Opinión
La paradoja tecnológica

El presidente de EE UU, Donald Trump, el 19 de diciembre de 2025. / WILL OLIVER / EFE
Estos tiempos de grandes avances y desarrollo extraordinario son también los de una desigualdad social galopante que fractura vidas y rompe la esperanza en un futuro mejor. Por qué se produce este contrasentido es la pregunta. Cómo está afectando al ámbito de la política es la reflexión necesaria en un momento crucial como lo es este. Uno de los grandes desafíos es el que engendra el desarrollo de la Inteligencia Artificial. Digamos, una nueva realidad con tantos elementos positivos como incertidumbres y amenazas en lo social, económico y político.
En el documento “Estrategia Inteligencia Artificial 2024” elaborado por el Ministerio de Transformación Digital y Función Pública, se compara los efectos de esta irrupción a los provocados en las grandes revoluciones industriales a lo largo de la historia. Lo que da cuenta de la importancia de su ordenación porque con ello va el futuro de las sociedades en términos de una mayor o menor desigualdad económica.
Hace un par de semanas, Donald Trump firmó un decreto para evitar normas estatales con relación a la IA centralizando toda la regulación en el Gobierno federal. En la trastienda de esta decisión se encuentra la carrera competitiva con China por liderar el control y el desarrollo de herramientas de IA. En paralelo, y de puertas afuera, alimenta el enfrentamiento con la Unión Europea porque le molesta su afán regulatorio: las sanciones impuestas por la Comisión a los magnates del espacio virtual se escriben con cifras millonarias; por ejemplo, a Apple y Meta por vulnerar leyes digitales o a la red social X por incumplimientos de transparencia, por no hablar de la investigación abierta a Google por manipular resultados de búsqueda.
Si inquieta y preocupa la actitud de la administración Trump y de los archimillonarios tecnológicos es por lo que en realidad se cuece entre bambalinas: la manipulación de la democracia y una mayor concentración de la riqueza a nivel global. La paradoja es verlos utilizar discursos basados en la desigualdad, incluso en el odio, para ampliar la base electoral de este movimiento, que también es global, cuando son precisamente los planteamientos desregulatorios del espacio virtual a los que aspiran lo que mayor desigualdad social puede acabar provocando. El reto es vital y la responsabilidad de liderar el contrapunto a todo esto se encuentra una vez más en la Unión Europea. De su firmeza dependerá el futuro de nuestras sociedades.
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