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Opinión

València

Un año más

Sé que las 230 víctimas de la barrancada no se irán nunca de mi memoria. Y tampoco de la de ustedes. Aunque pasen cien años, como en el bolero

Puente viejo

Puente viejo / Levante-EMV

El tiempo pasa tan rápido que a veces es como si no existiera. Como si se hubiera detenido de pronto en la última revuelta del camino. Como ese 29 de octubre del año pasado en que nada hacía pensar que se habría de convertir en un día trágicamente inolvidable. Mucho tiempo atrás, en 1957 y también en octubre, llovió durante varios días. El agua del río llegaba casi hasta la casa de los abuelos. Yo había vuelto esos días a Gestalgar con mi madre y mi hermano. Entonces vivíamos en Vilamarxant, pueblo valencianoparlante donde aprendí que las lenguas enriquecen a quienes las usan y nunca habrían de ser un arma arrojadiza contra nadie. Mi padre tenía que ser el domingo padrino en el bautizo del primo Miguel. Ya no pudo llegar porque las carreteras estaban cortadas. Me tocó hacer a mí de padrino. Nada menos. Apenas llegaba a la pila que había a la entrada de la iglesia. Igual hay alguna fotografía del momento glorioso. No lo sé. Las fotografías son una buena manera de que el tiempo regrese, siempre que no caigamos en la trampa de esa nostalgia que convierte el blanco y negro de un tiempo devastado en una obscena exposición de colorines.

Gestalgar desde el rio Túria

Gestalgar desde el rio Túria / Levante-EMV

No sé si el tío Antonio tocaría el acordeón en la fiesta aquel domingo porque lo más seguro es que no hubiera ni fiesta: en esas horas la barrancada inundaba ya las huertas junto al río. Y después, el barro. Cuando el barro se secó y se llenó de cicatrices, los troncos varados en una superficie igual que la de los desiertos eran como esqueletos de bisontes en las películas del Oeste que veíamos en el cine que yo llamo Musical en mis novelas. Mucho de lo de aquellos días se me ha olvidado. Es imposible recordarlo todo. La memoria llega hasta donde llega y algunas veces hasta llegamos a inventar, aunque sea sin querer, lo que recordamos. A saber cómo será recordado, cuando pasen los años, el día 29 de octubre de 2024.

Un paseo junto a río

Por las mañanas salgo temprano a dar un paseo junto al río. Se siente el frío en estos primeros días del invierno. Los pequeños puentes ya no existen. Se los llevó la torrentera. Ahora los están levantando de nuevo. Cruzar a las huertas del Rajolar por uno de esos puentes, andar un rato y encarar la cámara del móvil para sacar una imagen del río con el pueblo al fondo. Los trabajos de reconstrucción son lentos. El cauce del río se encajona en unos leves terraplenes de grava y, más abajo, siguen a cielo abierto los restos del viejo puente de hace dos siglos, unos restos hasta hace poco ocultos por las cañas que me recuerdan, salvando todas las distancias, el final de la película El planeta de los simios. Somos la huella de lo que hubo antes que nosotros. Sobre esa huella se irá reconstruyendo el paisaje y en mi memoria se juntan el día del bautizo del primo Miguel y esta soledad cansada del maldito año de la dana.

Apenas se ha hecho de día cuando paso por el lavadero y las pistas de petanca junto al río. Dos de esas pistas ya no existen, las borró del mapa la violencia de las aguas. Los que no desaparecen nunca, ni con riadas, pandemias y otros desastres que se repiten muchas veces por nuestra mala cabeza, son los pequeños comercios siempre abiertos a eso que solidariamente, en los tiempos difíciles, se llama proximidad, esos pequeños bares donde se socializa lo que aún queda de vida en un censo cada vez con más tachaduras en la lista. Siempre están ahí, al pie del cañón, plantando cara a lo que con todo lujo de detalles apocalípticos se llama despoblación.

Túnel del castillo

Túnel del castillo / Levante-EMV

Está cerrada, en su armazón de hierro, la puerta del túnel que baja del castillo. Las leyendas que alimentaban los juegos de la infancia. Los moros bajando por el túnel para que abrevaran los caballos en el río. Lo que queda de ese río, de lo que era ese río hace un año, de lo que será cuando se hayan vuelto a levantar sobre su cauce los puentes de otro tiempo. En las dos orillas, las huertas de antes, cuando mis abuelos no querían abandonar la casa aquella noche lejana de 1957. El tiempo en los poemas de Antonio Machado cuando escribo historias reales o inventadas de mi pueblo: “Un año más. El sembrador va echando / la semilla en los surcos de la tierra…”. Ya no hay surcos en muchos de los campos, se deshicieron al paso impetuoso de las aguas. Pero algún día volverán los sembrados y el llano será de nuevo el sitio donde la vida le cambie la cara a las huellas tristes que nos dejó la dana hace un año. El rumor del agua bajo el pequeño puente nuevo es de una placidez tranquila, nada tiene que ver con la furia de la gran riada hace poco más de doce meses.

El próximo jueves empieza otro año y, aunque todo sea tan difícil, les deseo a ustedes lo mejor de lo mejor para sus vidas. Y también es ahora, mientras paseo lleno de frío y el pueblo se me aparece entre la luz y la sombra de un amanecer de invierno, cuando regreso a lo que tantas veces he escrito en estas páginas: sé que las 230 víctimas de la barrancada no se irán nunca de mi memoria. Y tampoco de la de ustedes. Aunque pasen cien años, como en el bolero, seguro que será así, ¿no? Seguro que sí. Seguro.

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