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Opinión

València

A modo de balance

Elecciones en Extremadura.

Elecciones en Extremadura. / Agencias

Como cada final de año, surge casi de forma natural la necesidad de mirar atrás y reflexionar sobre el tiempo vivido. No es un ejercicio sencillo. El periodo que cerramos ha estado marcado por acontecimientos inquietantes, por una sensación persistente de incertidumbre y por preguntas que creíamos superadas y que han regresado con fuerza.

Hace unos días tuve la oportunidad de viajar a Atenas, cuna de la civilización occidental. Caminar entre las piedras que dieron forma a conceptos como la democracia invita inevitablemente a la reflexión. Especialmente cuando ese término está siendo hoy cuestionado y erosionado por actitudes claramente antidemocráticas, algunas de ellas procedentes de territorios que históricamente se han presentado como sus principales defensores.

Europa, la vieja Europa, tampoco atraviesa su mejor momento. Asistimos a un tránsito acelerado desde la Europa del bienestar hacia la Europa de la defensa, mientras se debilitan los principios que dieron sentido al proyecto común. La falta de cohesión entre los 27, la pérdida de influencia geopolítica y las tensiones internas dibujan un escenario frágil para un territorio que ha sido sinónimo de paz, estabilidad y progreso durante décadas.

El miedo al futuro se ha convertido en uno de los grandes protagonistas de nuestro tiempo: guerras enquistadas, amenazas de nuevos conflictos, decisiones económicas erráticas con impacto global, una creciente concentración de poder en manos de líderes imprevisibles y la influencia cada vez mayor de una oligarquía económica y tecnológica que presiona sin ofrecer alternativas claras al modelo democrático.

La política tradicional, atrapada entre sus errores y el desgaste permanente, no logra responder con eficacia. Los populismos han encontrado terreno fértil apelando a la emoción, prometiendo soluciones simples a problemas complejos y utilizando la desinformación como herramienta. Lo más preocupante es que la propia democracia se está viendo debilitada desde dentro, mediante procesos electorales que legitiman proyectos que cuestionan sus fundamentos.

Aun así, queda tiempo y capacidad de reacción para evitar cambios irreversibles. El primer paso es tomar conciencia de la importancia del momento y valorar lo que tenemos: los logros alcanzados en derechos, libertades y cohesión social. Basta con comparar la sociedad española actual con la de hace cincuenta años y realizar un sencillo ejercicio de imaginación: pensar cómo sería nuestra vida sin las leyes y sistemas de protección que hoy damos por sentados y que entonces no existían. Cuestionar estos logros a la ligera supone asumir un riesgo enorme. Muchas de las propuestas populistas ponen precisamente en cuestión esos avances y plantean su eliminación o, al menos, su debilitamiento. Algo tan simple como un ejercicio de memoria nos ayuda a comprender el riesgo de dar un salto al vacío hacia un modelo en el que la condición de ciudadanía podría adquirir rasgos muy distintos a aquellos por los que tanto se luchó.

Esta reflexión no persigue la nostalgia ni la resignación, sino reafirmar un propósito colectivo: hacer todo lo posible por avanzar hacia un mundo mejor. Un mundo en el que el bien común prime sobre el interés individual, en el que se reduzca el egoísmo como principio organizador de la vida social y se busquen vías de convivencia pacífica, justa y satisfactoria, sostenidas en valores compartidos como la solidaridad, la justicia, la responsabilidad y el respeto. Solo desde esa mirada ética y colectiva será posible afrontar los desafíos presentes sin renunciar a lo mejor de lo que somos como sociedad.

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