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Opinión

València

Los doce desconciertos de año nuevo

Cinco de “mis mejores películas del año coinciden, con acentos distintos, en señalar con algo de furia y enfado nuestro tiempo como estadio terminal

Fotógrama de 'Sirat', de Oliver Laxe.

Fotógrama de 'Sirat', de Oliver Laxe. / NEON

Antes de difundirse desde la Italia renacentista a toda Europa, el término concerto adquirió en España el significado de convenio. Desconcertar conserva una ambigüedad fértil: nombra tanto la desorientación como la pugna, tanto la perplejidad como la pérdida de la armonía que hace posible el acuerdo. No teman: esta no es otra columna sobre polarización —palabra del año 2023 según la Fundéu—, sino algo más elemental: doce campanadas (y otros sonidos) como una carta de desajuste que este año podríamos esforzarnos en afinar.

La primera nota, grave y repetida, suena a pasos: corresponden a esa proliferación de ciudadanos que creen que la cola avanza solo porque cada vez hay más gente detrás. Las protestas contra que migrantes africanos pobres reciban un mínimo de atención humanitaria confirman que la expansión de la extrema derecha en España y en el mundo no responde solo al narcisismo identitario, sino a un defecto más hondo en la fabricación de la subjetividad.

La segunda campanada llega con reflujo de mala uva. Cinco de “mis mejores películas del año”, vistas en salas y festivales de Valencia —Bugonia (Yorgos Lanthimos), Alpha (Julia Ducournau), Una batalla tras otra (Paul Thomas Anderson), The End (Joshua Oppenheimer) y Sirat (Oliver Laxe)— coinciden, con acentos distintos, en señalar con algo de furia y enfado nuestro tiempo como estadio terminal. Advertencia ecológica, cuidado, lucha asimétrica, relato cínico de los vencedores, refugio espiritual (respectivamente), su pluralidad temática no oculta un mismo sonido, el suspiro de un mundo agonizante que este año deberíamos tratar de revivir.

El tercer desconcierto es la pérdida de referentes culturales compartidos: en el aula no han visto Tiburón. Lo utilizaba para ilustrar la lógica del beneficio empresarial por encima del bien común, un mensaje con ecos de Un enemigo del pueblo de Ibsen, de la que tan poco han oído hablar.

El cuarto desconcierto nos recuerda que, por vacío que esté un líder, éste puede ser objeto de deseo. Un individuo, un viejo odio nacionalista o un proyecto cultural muy excluyente puede ser hueco y sin duda falso; el deseo, no.

Hay una quinta campanada que suena a aprobado muy raspado. Por primera vez nos preocupa si la ciudadanía estará a la altura de los problemas complejos que se le vienen encima al planeta. Y otra, inmediatamente después, que formula una pregunta básica: ¿con qué categorías ordenamos la información? ¿Qué ocurre en el Congo y en Sudán mientras seguimos –los medios obligan– las provocadoras batallitas del gamberro de Donald Trump?

El séptimo motivo de desconcierto no es un acontecimiento, sino una ausencia: la desaparición del silencio reflexivo. Todo exige reacción inmediata, toma de posición. Confundimos conocer con estar rápidamente malinformados y criterio con velocidad. La duda —condición de la filosofía— empieza a parecer sospechosa.

Casi sin pausa, suena una octava inquietante: ¿dónde estaba la Unión Europea cuando todo sucedía? Como el xenomorfo escondido en el Nostromo, el pasajero incómodo también nos desconcierta por su desaparición.

El desconcierto de advertir que sabemos cada vez más cosas y entendemos cada vez menos su sentido

Hay un noveno sonido más difícil de localizar porque no procede del exterior. Es el desconcierto de advertir que sabemos cada vez más cosas y entendemos cada vez menos su sentido. ¿No debía el conocimiento convertirnos en seres humildes y asombrados en lugar de en soberbios sabelotodo?

Esta columna debe mucho a George Steiner, ¿fue este crítico cultural quien escribió que es la música y no el debate filosófico la que arrastra al pensamiento hasta los mismos límites de sus renovados callejones sin salida? Así que, si aguza al oído escuchará un décimo desconcierto relacionado con el mérito —ese término apaleado—. “Te mereces un 10”, decía una campaña financiera: avanzadilla de la obsesión por el reconocimiento sin trayectoria —un poco OT— y una piedra más en el edificio de la falsa horizontalidad, esa que desacredita a los científicos y hace recelar de la cultura y de cualquier forma de autoridad. Como ya advirtió Isaac Asimov, ¿por qué mi ignorancia vale tanto como su saber?

La undécima campanada, con sus dos unos muy juntitos, tiene algo de déjà vu: líderes muy simples perdidos en asuntos harto complejos. ¿Les suena? Por cierto, esta undécima suena torcida: desde la academia y los medios se empieza a llamar “once” al ordinal. El lenguaje pierde la cuenta, y con ella una parte de su precisión moral.

La última llega sin darnos cuenta, como el otoño de la vida. Tiene que ver con las grandes mentiras de la Inteligencia Artificial Generativa, y su tono amable para no herir. Cada respuesta innecesaria a un prompt formulado como sortilegio —antes decíamos del mago Merlín, ahora de Harry Potter— provoca el mismo truco: preguntas algo y ¡zas!, ¿aparece un conejito? No, tal como recuerda Hito Steyerl en Medios calientes (sobre el coste ecológico de la IA) se seca un lago del planeta.

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