Opinión | El día del señor
Tenebristas

Los fosfenos son puntos de luz que tienen la particularidad de manifestarse en la oscuridad. / Shutterstock
Entre las muchas cosas que adolezco y peno están las limitaciones oculares que no acabo de entender por qué tenebroso designio se dan en un país con una espesa población miope. País de luces crudas para chulear con las gafas de sol.
Cuando lo veo todo negro pregunto a los amigos y todos coinciden en materia de tinieblas: hay mucha oscuridad, cosa rara en un país que tiene la luz de Sorolla. La mazmorra de El conde de Montecristo es un emblema de entierros y soledades avanzadas que te pone los pelos de punta, pero la negrura es norma general, no sé sí por complicidades infernales o porque el Siglo de Oro español fue capaz de urdir entierros de mucho lujo y coplas de pie quebrado, todo de gran provecho para la lírica y la industria. Pero son cosas que vienen ennegrecidas de rigor luterano y si no está Ingmar Bergman, está Joachim Trier, –Valor sentimental– que domina como nadie el oficio de hacer películas pero al que le cuesta atraer pajarillos y niños, que vienen a ser lo mismo, una fauna pajaril que alegra la seriedad de los entierros, digo de los encargos.
La pasada epidemia de conjuntos negros de dos piezas y raya en mitad del peinado de melenas lisas, una especie de uniforme de chica responsable con un toque de elegancia proletaria, esta más extendido que la plaga de la gripe, aun aplicando el correctivo de los aludes de chicas guapas del virreinato del Perú que llegan con colosal puntualidad y animan el almanaque. Esta negrura por encargo es culpa, dicen, del luto universal impuesto por Donald Trump que primero dispara y luego pregunta, o se va de putas sin llegar a preguntar. Como decía un anónimo periodista mejicano: Le matan por preguntón. A veces culpan de la tristeza a las guerras venideras, a los fabricantes de armas, a Frankenstein o al Hombre Lobo. A Zurbarán y al Españoleto. Don Johnson podría animar nuestro armario con sus incomparables chaquetas verdes por no hablar del valor extremo de Rafael Conde 'El Titi': "Soy el negro de la mina/el azul claro del mar, el blanco de las salinas /y el verde del olivar". Así se canta.
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