Opinión
Blanqueo de reinas

La Infanta Cristina tras salir del juzgado de Palma. / EFE
Cuando el 8 de febrero del año 2014 la infanta Cristina de Borbón compareció en un juzgado de Palma y declaró que no sabía nada de los turbios negocios de su marido, Iñaki Urdangarín, el país entero soltó una carcajada o al menos esbozó una sonrisa de incredulidad. Porque a pesar de la educación de élite que los españoles le habíamos pagado desde su cuna, la infanta no tuvo rubor en manifestar ante el juez que ignoraba cualquier asunto tributario, jurídico o económico de su egregia familia. Aquella jornada se convirtió en histórica ya que se trataba de la primera vez en que un miembro de los Borbones se sentaba en un banquillo de los acusados. La sentencia absolvió a Cristina de dos delitos fiscales en 2017, si bien la condenó a pagar 265.000 euros al considerar que se había beneficiado de forma indirecta de los delitos cometidos por su marido.
Ella fue la primera pero varias antepasadas suyas hicieron méritos más que sobrados para ser juzgadas por delitos de corrupción, malversación o tráfico de influencias a lo largo de los siglos XIX y XX. Tanto la famosa Isabel II, que tuvo que exiliarse en medio del descrédito social en 1868, como su tatarabuela, la regente María Cristina de Habsburgo; como su bisabuela, Victoria Eugenia de Battenberg; y hasta llegar a su madre, la reina emérita Sofía; fueron cónyuges de monarcas inmorales y corruptos. Por ello, resulta difícil creer que se mantuvieran al margen o se mostraran sordas y ciegas frente a los escándalos públicos y privados de sus maridos. Es más, en algunos casos incluso tomaron parte en los negocios reales contribuyendo así al aumento de sus fortunas.
Viene todo a esto a cuento de la serie que TVE ha dedicado a Ena, el nombre familiar de Victoria Eugenia, la esposa de Alfonso XIII, que retrata en una visión edulcorada, con el aire de las revistas del corazón, la vida de esta muy poco conocida reina. Vaya por delante la calidad de la serie, su impecable factura técnica y su intento de ofrecer con rigor el ambiente político y social de aquella primera mitad del siglo XX. Ahora bien, tachar de moderna a la reina porque fumaba, jugaba al tenis o bailaba charlestón o confundir su tarea de beneficencia religiosa con el compromiso social raya en la estafa histórica. Esta serie coincide además con una amplia exposición en Madrid sobre Victoria Eugenia en una estrategia que parece encaminada a un blanqueo del papel de las reinas.
Así pues, da la impresión de que el relato apunta a salvar a las reinas de los errores de los reyes ahora que la emérita Sofía puede verse salpicada por las continuas revelaciones de que su matrimonio con Juan Carlos no dejó de ser una farsa a la que ella se prestó. Por ello durante décadas representaron el espectáculo de una familia ejemplar que debía servir de modelo para todos sus súbditos. Nada más lejos de la realidad en una familia tan desestructurada hoy como la de los Borbones. ¿Y si la monarquía no sirve como modelo, para qué sirve? En cualquier caso, a las reinas, regentes o infantas cabría aplicarles el título de la magnífica biografía de Isabel II con la que Isabel Burdiel ganó el premio nacional de Historia: “No se puede reinar inocentemente”.
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