Opinión | Editorial
El fútbol debe implicarse contra el odio y los comportamientos violentos

Aficionados en la grada de Mestalla / J.M. López
La Federación de Fútbol de la Comunitat Valenciana prepara un congreso con el objetivo de «erradicar» la violencia en los campos. Hablamos no tanto, que también, de la que se produce en ocasiones sobre el césped, sino la más frecuente: la que sucede en las gradas y especialmente en partidos de categorías inferiores. La primera reacción es que ya era hora de que un problema habitualmente opaco se ponga sobre la mesa y reciba la atención que merece. «Es que las imágenes que nos están viniendo desde principio de temporada son de las gradas», explica el presidente de la federación, Salvador Gomar, en una entrevista publicada por Levante-EMV. Y relata una imagen tan ilustrativa como preocupante: el partido detenido y los jugadores y el árbitro mirando desde el campo cómo están discutiendo, insultándose e incluso pegándose padres o aficionados de los equipos. Intolerable.
De las palabras del responsable federativo se deduce que se trata de un fenómeno que ha crecido en los últimos tiempos. En este sentido, los estadios no son sino una extensión de la atmósfera de confrontación y crispación social que se ha instalado con cada vez mayor presencia en las sociedades occidentales, alimentada a su vez por las redes sociales.
Hay que tener en cuenta al respecto que, mientras no intervienen las fuerzas de seguridad, buena parte de estas situaciones quedan bajo un manto de silencio, si bien van generando un poso peligroso de agresividad y hostilidad y se convierten, además, en un pésimo ejemplo formativo para los menores que están en los estadios, ya sea como deportistas o como espectadores.
Porque no se trata solo de las agresiones y peleas entre grupos ultras, un fenómeno que tuvo mayor relevancia décadas atrás y que ha merecido un especial cuidado por parte de los cuerpos de seguridad a la vez que se han reforzado los protocolos de prevención, sino que se trata de una violencia de baja intensidad expresada en forma de insultos y racismo que, como decíamos, es expresión de la sociedad actual y que no es conveniente dejar pasar como si nada.
Levante-EMV destapó hace pocas semanas un caso que demuestra el grado de odio que puede exhibirse durante años en el graderío de un campo de primer nivel, como Mestalla, sin que las instituciones intervengan, aún existiendo denuncias de vecinos de butaca. Fue, en ese caso, la exposición pública a través de este diario de lo vivido cada jornada durante varias temporadas, con grabaciones de los comentarios infames del denunciado, lo que motivó una reacción, entonces sí contundente.
Todos estos aspectos son elementos importantes sobre los que reflexionar en un foro y sobre los que acordar las iniciativas más apropiadas para prevenirlos y evitarlos.
En este sentido, el congreso que anuncia la federación valenciana es una idea bien orientada, pero será un error si no va más allá de la estética. Es decir, si se queda en una mera reflexión entre expertos y estamentos implicados y en una exposición de la situación, pero no da lugar a una batería de medidas encaminadas a cortar con unas imágenes de violencia, odio al otro y racismo que no tienen cabida en una sociedad avanzada del siglo XXI. Y el fútbol, el deporte que concentra más atención social y mediática, debe implicarse activamente para no ser reducto de estas expresiones improcedentes y demostrar que no quiere a violentos en sus gradas.
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