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Opinión

València

Gobernar mirando de reojo a tu derecha

María Guardiola gana las elecciones en Extremadura.

María Guardiola gana las elecciones en Extremadura. / Javier Cintas

España ha inaugurado un nuevo ciclo electoral con las elecciones autonómicas en Extremadura, y el mensaje que emerge de las urnas dista mucho de ser alentador. El dato más revelador no es tanto quién gana, sino cuántos dejan de participar. La abstención creciente no es un fenómeno coyuntural, sino el síntoma de una desafección profunda: gran parte del electorado ya no se siente interpelado por un sistema político que percibe como agotado. Lo que antes se interpretaba como cansancio, hoy se traduce en un despego; una retirada silenciosa de la ciudadanía del terreno de la representación política, con la amenaza que eso supone para nuestro sistema democrático liberal.

Los resultados del escrutinio de la jornada electoral extremeña son conocidos. El Partido Popular se impuso con claridad, capitalizando el desgaste del PSOE, que sufrió una fuerte caída en votos y escaños tras décadas de dominio institucional. La izquierda en su conjunto experimentó un retroceso notable; no logró consolidar una alternativa y vió cómo parte de su electorado se desmovilizaba, contribuyendo, o a un incremento significativo de la abstención, o migrando a Vox. Este descenso en la participación—uno de los más altos en la comunidad desde la restauración democrática— refuerza esa idea de un electorado o cansado, o sin referente claro.

El éxito del PP, sin embargo, no garantiza una gobernabilidad cómoda. La entrada de Vox con fuerza en la Asamblea regional condiciona la conformación del nuevo gobierno: aunque para la investidura bastaría con una abstención de sus diputados, la estabilidad legislativa dependerá de acuerdos periódicos que otorguen a la formación de ultraderecha una influencia decisiva en la agenda política. Así, la derecha logra la mayoría, pero a cambio de una dependencia que puede tensionar su discurso moderado y desplazar su acción hacia posiciones más conservadoras, tanto en lo simbólico como en lo programático.

En ese escenario, es relevante el desplome de la izquierda extremeña. Es ese quizá el reflejo más contundente: el votante progresista ha optado por la indiferencia. El PSOE parece haber agotado su credibilidad como fuerza de gobierno, atrapado entre el desgaste institucional y el vacío narrativo del “sanchismo”. Por su parte, la izquierda alternativa naufraga en una narrativa identitaria dónde la alianza IU-Podemos desafía la estabilidad de Sumar, pero incapaz de trasladar su discurso del malestar al plano de la acción política efectiva.

Mientras tanto, el Partido Popular, habiendo ganado las elecciones con gran holgura, aún no logra transformar esa ventaja en una propuesta hegemónica de centroderecha. El crecimiento de Vox adquiere un valor estratégico amenazante: ya no solo amplía el bloque conservador, sino que redefine sus límites ideológicos. Su fuerza se alimenta con los desencantados de izquierda: crece en los espacios tradicionales del PSOE con sus mensajes populistas, de soluciones simples pero irrealizables. El mismo camino que le fue bien al Front National, en Francia.

Ante ese avance de la extrema derecha, el PP se enfrenta al dilema existencial del centroderecha: de gobernar mirando al centro —para ampliar su base— o hacia la derecha, hacia Vox, para garantizar la estabilidad parlamentaria. Una elección que definirá las políticas públicas del gobierno extremeño y su Ley de Presupuestos en lo que dure la Legislatura.

Sí bien una piedra no hace pared, del “caso extremeño” pueden extraerse varias lecciones. La primera es que la abstención amenaza con convertirse en el actor invisible pero decisivo del próximo ciclo. Si la clase política no reconstruye vínculos de confianza con un electorado exhausto, los próximos comicios generales pueden marcar un mínimo histórico de participación, minando la legitimidad del sistema.  

La segunda lección es que el voto se ha vuelto cada vez más instrumental. Los ciudadanos no votan tanto “a favor” de algo, sino “en contra” de lo que rechazan. Esto genera un panorama volátil, donde los giros electorales ya no obedecen a ciclos ideológicos, sino a pulsos reactivos. La política española entra así en una fase de inestabilidad emocional, donde la duración de las mayorías se intuye precaria.

Finalmente, el tercer aviso lo da la geometría del poder. En toda España, el PP parece condenado a vivir bajo el condicionamiento de Vox. Aunque en Extremadura baste la abstención para la investidura, la gobernabilidad requerirá concesiones sustantivas que podrían marcar un giro más conservador en cuestiones de igualdad, género, inmigración y políticas sociales. Esa dinámica anticipa que cualquier mayoría de derechas a escala nacional nacerá con una hipoteca ideológica.

España se adentra, por tanto, en un ciclo donde las mayorías serán frágiles, los electores cada vez más distantes y las fronteras ideológicas más difusas. Si los estrategas de las direcciones políticas del PP y del PSOE no entienden que la ciudadanía no demanda solo alternancia, sino propósito, el abstencionismo y el voto del miedo que alimenta el populismo acabarán siendo el brasero dónde se incuba la serpiente. Extremadura no ha sido una excepción: ha sido la advertencia general para España.

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