Opinión
Algunas cosas del año que termina

Las lluvias marcan el final de 2025 / L-EMV
Parece inevitable hacer una breve reflexión acerca del año que acaba. Como recordar el final del pasado, porque es de los que no olvidaremos: su huella es profunda. La riada nos mostró la fragilidad de la vida y el alcance de una tragedia cuando esta se propone romper a familias enteras y a una sociedad. Hay daño político: el que nace de la suprema irresponsabilidad primero y de la mentira después. Ambos han caracterizado este año, aún perviven y será difícil superarlos. Luego están los caprichos del destino: el 2025 acaba con fuertes lluvias, recibiendo un mensaje Es-Alert en nuestros móviles el domingo por la tarde y calles anegadas en diferentes municipios. Esto es lo que nos espera, digan lo que digan los pregoneros oficiales del negacionismo climático.
También, algunas preguntas sin respuesta: ¿cuánto tiempo habría aguantado Carlos Mazón en la Presidencia de la Generalitat de no haber asistido al funeral de Estado? ¿Hasta dónde llega el interminable rosario de mentiras que envuelve la gestión de la Generalitat en relación con la dana? ¿Perdonará la sociedad valenciana la complicidad sostenida por Pérez Llorca? ¿Se comprometerá el nuevo Consell con la verdad y, en consecuencia, con la dignidad de las víctimas? El último capítulo lleva por título “Frivolidad política” y se escribe con los WhatsApp aportados por Feijóo. Más allá, ronda una pregunta cuya respuesta iremos conociendo a lo largo del 2026: ¿cuál es el alcance del pacto renovado con los ultras?
Entristece cómo termina el año y preocupa el que empieza. La incertidumbre ya no es una característica solo del futuro, también impregna al mismísimo presente. Y eso rompe la lógica de lo conocido. Hace falta un ejercicio de honestidad profunda que permita reparar mínimamente el daño causado. Más ética política y menos relato. Oposición a los discursos que alimentan el odio y la desigualdad. Contención frente a los demócratas impostados. Hemos visto la ausencia de humanidad del alcalde de Badalona al desalojar a cerca de 400 personas que ocupaban un instituto abandonado. A la intemperie, sin alternativa. Y sin condena del Partido Popular porque no les parece mal. Duele que algo así sea uno de los puntos señalados en el itinerario de lo que está por venir. Pero queda la conciencia ciudadana. Queda apelar a la responsabilidad de la sociedad que sabrá resolver todas y cada una de las vilezas políticas con las que nos han deleitado.
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