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Opinión

El móvil de nuestras vidas

Una mujer usando su teléfono móvil

Una mujer usando su teléfono móvil / ED

No hay nada tan perturbador como perder el móvil. El otro día le ocurrió a una chica con la que me crucé en la estación de metro de Paiporta. Estaba desesperada, pidiendo que le prestaran un teléfono para llamar a su madre y que le ayudara a encontrar el dispositivo. Tendría unos veinte y tantos años y estaba prácticamente al borde del colapso. No llevaba bolso ni nada en los bolsillos, de modo que estaba atrapada en un espacio del que sin billete ni dinero ni siquiera podía salir. “Lo llevaba todo en el móvil”, se lamentaba.

Sentí empatía por ella porque la situación era objetivamente angustiosa y al mismo tiempo pensé en lo vulnerables que nos hemos vuelto: tan dependientes de esos pequeños aparatitos que guardan nuestros secretos y, prácticamente, nuestra vida entera. Una sociedad tecnológica en la que, en teoría, todo son facilidades, pero que se funde a negro cuando falla el sistema, ya no por un apagón, sino por un simple descuido. No conocía a esta chica ni llegué a hablar con ella, pero pertenece a esa generación que se siente libre y señora casi para todo. Libre para pensar, para decidir, para ir y venir, para vestirse, para opinar. “Dejadme, que soy libre”, piensan y dicen, mientras delegan cada vez más parcelas de esa libertad en una pantalla.

Los datos apuntan a que la anécdota y la emoción desatada no es tan anecdótica. En España, alrededor del 70% de los menores dispone ya de teléfono móvil y la edad de acceso baja cada año. Entre los jóvenes de 18 a 35 años, se calcula que en torno al 80% sufre nomofobia, un miedo irracional a estar sin teléfono o sin cobertura, hasta el punto de preferir renunciar a otras cosas antes que separarse del dispositivo.

Quizá por eso perder el móvil se vive como algo más que extraviar un objeto: es experimentar, por un instante, la pérdida de identidad: sin acceso al banco, al transporte, a la agenda, a la propia memoria. Hablamos de libertad, pero renunciamos a ella a golpe de clic, cada vez, por ejemplo, que instalamos una aplicación nueva. Por eso, no estaría de más que en estas Navidades, mientras envolvemos móviles de última generación, nos detengamos a leer la letra pequeña: esa que nunca aparece en el envoltorio, pero que debería advertirnos de la libertad que cedemos.

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