Opinión | Trencar l'enfit
Unas Navidades rotas por la tragedia de Indonesia

Trabajos de búsqueda de los tres desaparecidos en una isla de Indonesia. / L-EMV
¿Cómo se puede seguir adelante tras sufrir una tragedia como la que han sufrido cuatro familias valencianas en Indonesia? Para no generar falsas expectativas, les avanzo ya que no encontrarán en este artículo la respuesta a la pregunta. Me ha sido imposible. Demasiado dolor, demasiado horror, demasiado factible y demasiado familiar. Todo junto y al mismo tiempo. Demasiado para digerir. Un hombre y una mujer, con un bebé en común, se llevan de vacaciones de Navidad a los hijos que ambos han tenido con otras parejas anteriores a ver los dragones de Komodo. Un planazo.
Se van lejos, a un destino lejano, distinto, de contrastes, uno de esos que, si todo sale bien, nunca se olvidan. Pero no sale bien, sale mal. Muy mal. Ocurre algo imprevisto, fuera de la hoja de ruta de lo que tenía que haber pasado (disfrute, risas, bromas) y el motor de una lancha se para. Deja de funcionar. Dos olas gigantes vuelcan el barco en un mar oscuro, desconocido. Y todo cambia para siempre. Dos madres y un padre destrozados de por vida. El cuarto padre fallece. Abuelos, abuelas, tíos, primos, amigos... y los hijos que sobreviven. Decenas de personas que jamás podrán olvidar esa llamada. Ese ‘no te creo’, ese ‘papá, los nenes; papá, los nenes’.
No he podido parar de pensar en todas estas familias desde el día en que leí la noticia. Estaba en unas tranquilas vacaciones de Navidad, unos días de descanso de esos que se prevén amables, familiares, llenos de luces y buenos deseos. Ves a gente que hace tiempo con la que quieres tomarte un café largo. Y lo haces. Comes y cenas en entornos repletos de afecto. Pero me imagino por unos momentos cuántas Navidades se han hundido para siempre desde que la barcaza lo hizo primero en un océano hostil lejos de aquí. La Navidades de cuanta gente se han acabado para toda su vida. Y la desesperación, sobe todo la desesperación.
Es la misma que la de aquella amiga que se preguntaba en voz alta porqué no existe ninguna palabra para la madre o el padre que pierde a su hijo. Porqué nadie les nombra cuando su dolor es infinito, quizás uno de los peores sino el peor. Cómo la humanidad, en su inmensa sabiduría, ha dejado mudo el diccionario cuando y donde más se le necesita.
Los días van pasando en Indonesia, y las familias valencianas que jamás volverán a celebrar la Navidad esperan poder regresar con los suyos a casa. Cueste lo que cueste. A la conmoción de los primeros días se han ido sumando otras noticias, otros incidentes que han tomado relevancia y han ido desplazando la tragedia de Indonesia más abajo en las escaletas de los informativos. Pero no olvidemos que están allí y que no hay esfuerzo del Gobierno central o de la Generalitat que resulte en vano. Ciudadanos suyos están sufriendo lo indecible al otro lado del planeta mientras esperan recuperar los restos de sus hijos. Volverán con el alma vacía pero, al menos, que sientan que hay un sostén social con ellos. Más desamparo institucional no nos podemos permitir.
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