Opinión
Noche polar

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en una reunión de la ejecutiva del PSOE / José Luis Roca / EPC
Libros de la Catarata me pone deberes para el primer semestre del año. Quieren que escriba un libro acerca de por qué, casi siempre, fracasa la izquierda. Tema arduo y complejo. No quiere el editor, con razón, que me centre en España, sino en el mundo. Así que tendré que estudiar un poco sobre el particular, aunque a mí lo que de verdad me gustaría es seguir con la historia de los indoeuropeos que ha escrito J. P. Mallory después de cincuenta años de investigación.
Escuchando este viernes a Maíllo en la radio denunciando el secesionismo de Podemos y las dificultades del PSOE con los altos mandos de su aparato, o viendo cómo se comportan las fuerzas de la izquierda en Aragón, repartiéndose a jirones la túnica del electorado, uno tendría la respuesta fácil: una izquierda así no merece ganar. Si la izquierda no es virtuosa, no ganará nunca. Lo peor es que esta expresión les parecerá una sonsera a los políticos convencionales. Sin embargo, la virtud fue el concepto fundamental de la política popular clásica. Y mi opinión es que la política de izquierdas o incorpora los valores de la tradición clásica republicana, o no existirá.
Sin virtud no se podrá oponer un mundo alternativo a lo que hoy representan las derechas mundiales. La virtud fue el centro de ese imaginario que organizaba al “popolo mínimo”, y en política significó un conjunto muy complejo de elementos, del que por lo general los actores de izquierdas no suelen tener ya noticia, apegados a una tradición reciente que entiende la política como la conquista del poder. La tradición republicana, por el contrario, se centraba en el ejercicio del gobierno virtuoso. Estas son dos cosas muy diferentes, aunque ya se haya perdido el sentido de su diferencia.
La izquierda no puede competir por el poder, pero todavía puede luchar por el gobierno. Es una lucha mucho más refinada, compleja e inteligente, y para ello se requiere mucha virtud, que es una mezcla de inteligencia, sensibilidad, serenidad, arrojo, pasión y sentido común, pero sobre todo de espíritu cooperativo y de federación de voluntades. Luchar por el gobierno sería como iniciar una guerra de guerrillas, pero muy bien articulada por un estado mayor complejo y plural. Para hacer eso se requiere mucha virtud. Lo que el gobierno no permite es el juego de la acumulación. Tiene que emplear la doble estrategia de dispersión y de federación. La izquierda española es experta en lo primero, pero bastante incapaz en lo segundo.
Para entender el sentido de los poderes concentrados a los que nos enfrentamos, nada mejor que comenzar el año leyendo el libro de Kate Crawford, “Atlas de la IA”. Lo edita NED, que reúne un buen conjunto de pensadores guerrilleros. Crawford, que investigó la IA durante años, nos propone un abordaje en el que no reparan los obnubilados por el problema técnico de la IA, ni esos filósofos que se dejan embaucar con la cuestión de si es o no es semejante a la inteligencia humana. De ahí la noción de Atlas. Lo que ella expone es la complejidad del espacio IA, pues afecta a la minería, a la geoestrategia, a la política militar, a la economía, a la educación, a las relaciones laborales, y finalmente a una concepción del mundo.
Así, la IA es la punta de iceberg del mayor complejo de dominación que haya configurado el ser humano. Si tenemos en cuenta que está controlado por un puñado de empresas, implica el monopolio de poder más concentrado que haya producido la humanidad. Lo que en este mundo pueda significar la izquierda, tiene que cambiar de forma radical, si eso que llamamos libertad humana, igualdad, autonomía y dignidad han de seguir teniendo sentido en el futuro. Weber decía que la humanidad se dirigía a una noche polar que pesaría sobre el pecho humano como una losa de bronce. Eso que temía aquel Quijote alemán, no es nada comparado con el sistema de dominación que se prepara.
Así que más vale que esa gente, que se cree alguien porque sale en los telediarios, comience a pensar si está a la altura de la batalla que se nos avecina. Mucho tendrá que cambiar eso que llaman izquierda para estarlo. Por ejemplo, estar en condiciones de aceptar que se jure por El Corán como promesa de virtud. Y es verdad, como dice Amador Fernández-Sabater, que la izquierda debe reflexionar seriamente sobre el fenómeno Mamdani, algo para lo que Europa no está preparada. El hecho de que el juramento del nuevo alcalde de Nueva York se haya realizado en una estación abandonada de metro, sugiere aquello de “ab integro ordo”. Es casi un regreso a las catacumbas, y lo único que sabemos de ellas es que allí no hay cobertura.
Eso parece un buen comienzo, tal y como están las cosas. La clave del argumento de la nueva política, como voy diciendo en diversos foros, es que no habrá política de izquierda que no tenga que defender con uñas y dientes los mundos de la vida, todos ellos mundos de la carne, frente a la huida hacia abstracciones y mundos ajenos. Que los ingenieros de la IA estén calibrando situar los grandes centros de procesadores de datos en la Luna, ya indica hasta qué punto se preparan para una huida del mundo. Pero no hay que olvidar algo decisivo en el análisis. Mamdani es un alcalde. Se trata de una ciudad. La estrategia de la dispersión del gobierno ha empezado. Deseamos y esperemos que haya virtud para la federación.
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