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Opinión

2026. Alerta naranja

Donald Trump, presidente de los Estados Unidos

Donald Trump, presidente de los Estados Unidos / L-EMV

Hace tiempo que vivimos en alerta naranja, tanto real como metafórica. Significa que el peligro es importante y que si no adoptamos medidas preventivas los daños pueden ser graves. Hemos entrado en una nueva era marcada por la incertidumbre. Un tiempo histórico de claroscuros que, como bien sabemos, puede generar peligros, incluso monstruos, como afirmaba Gramsci. Por supuesto que, digan lo que digan los fanáticos empeñados en negar la evidencia, la nueva normalidad será la reiterada declaración de alertas meteorológicas, naranjas y rojas, en especial en toda la región mediterránea. Pero la alerta naranja trasciende a los efectos del cambio climático y afecta a todas las escalas y a todos los órdenes de nuestras vidas. Afecta al orden global, a la situación de la Unión Europea, al retroceso de la democracia y de los derechos fundamentales y a las condiciones de vida de amplias mayorías. Si no actuamos, se acabará decretando la alerta roja, y entonces los daños pueden ser catastróficos.

En 2008 se derrumbó todo el edificio intelectual neoliberal. Desde entonces, todos hemos ido dando tumbos. Todos menos China, cuyo modelo de capitalismo de Estado encontró su mejor aliado precisamente en un modelo de globalización neoliberal que le permitió abrirse al mundo y convertirse, hasta ahora, en el mayor acontecimiento geopolítico del siglo XXI. Aquel modelo de globalización ha fracturado nuestras sociedades, generando niveles de malestar y desafección desconocidos desde hace ochenta años. Hasta que Trump ha hecho saltar por los aires lo que quedaba del orden global moldeado en 1945. Ahora, una internacional autoritaria está transformando el orden global. Aquellos que impulsaron la globalización defienden soluciones autoritarias en nombre de una falsa libertad interpretada y administrada a conveniencia. Adquiriendo especial protagonismo unos cuantos oligarcas tecnolibertarios que aspiran a ser los nuevos amos de un mundo postdemocrático. Pero como sostiene Stiglitz, la libertad para los lobos es la muerte para las ovejas.

El regreso de Trump a la Casa Blanca el 20 de enero de 2025 ha supuesto que se decrete la alerta naranja geopolítica. Se ha inaugurado una nueva época definida por el desorden, el poder duro, la ignorancia de reglas y del derecho internacional, la disputa por los recursos estratégicos, el reparto de áreas de influencia y un poder ilimitado del complejo tecnológico militar. Un tiempo nuevo y viejo a la vez. Nuevo, por cuanto se ha acabado con la globalización neoliberal en favor del nacionalismo económico. Pero viejo, porque las ideas neoliberales siguen orientando las políticas de forma casi hegemónica dentro de cada país. Un mundo para el que Europa no está preparada.

Un tiempo lleno de paradojas. Hace unas décadas la democracia progresaba, a su manera, en todo el mundo, mientras que ahora retrocede en favor de distintas versiones autoritarias. Algunos pensaban que China se iría pareciendo a EEUU y en realidad está ocurriendo lo contrario. EEUU representaba la democracia más antigua del mundo y ahora se incorpora a la geografía de los nuevos despotismos, del nacionalismo autoritario del siglo XXI. Se reconoce entre sus iguales (Xi, Putin, Netanyahu, Erdogan, Modi, bin Salmán y el resto de autócratas del mundo) mientras señala como nuevo adversario a una vieja y democrática Europa, más aislada y sola que nunca desde 1945.

También está plagado de contradicciones: nos preocupan en las encuestas los efectos catastróficos del cambio climático, pero seguimos incrementando el calentamiento global sin hacer nada para evitarlo; reafirmamos la necesidad de mantener nuestra productividad, nuestros servicios esenciales y nuestras pensiones en un Occidente muy envejecido, pero no queremos inmigrantes en nuestros mercados de trabajo; las economías van bien en las grandes cifras, pero las desigualdades no se reducen y crece el número de familias que tiene dificultades para llegar a final de mes.

En cualquier caso, un tiempo que nos afecta y nos interpela como europeos. Y aquí es donde afrontamos una situación tan inédita como imprevisible. Una alerta naranja geopolítica que puede tener consecuencias devastadoras. Porque el hecho histórico realmente nuevo es que desde la propia Casa Blanca se ha puesto en marcha una estrategia global que no solo tiene una motivación económica, sino ideológica: el apoyo intelectual, material e indisimulado a los partidos de la extrema derecha europeos con el objetivo de deconstruir la Unión Europea y recomponer el viejo mapa de Estados-nación, para de ese modo poder negociar con cada uno en condiciones de total debilidad. Objetivo estratégico que Trump comparte con Putin (paradojas de la historia) y no desagrada a los actuales responsables chinos. Conviene recordar aquí la afirmación de Emilio Lamo de Espinosa: Europa está formada por un conjunto de Estados que son pequeños y otros que todavía no saben que son pequeños.

Ironías de la historia. Los llamados patriotas europeos contribuyendo activamente a abrir las puertas a la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Trump y a dividir y debilitar la propia Europa. Para hacer Europa más pequeña de nuevo (Make Europe Smaller Again en inglés). Eso sí, una Europa blanca y cerrada. Y católica, porque la religión también forma parte ahora de la guerra cultural que se libra en territorio europeo. De ahí el interés en apoyar desde el propio despacho oval de la Casa Blanca, y por cualquier medio, a una internacional ultra no solo en Europa (también en América Latina), pero especialmente en Europa.

A estas alturas, ya deberíamos saber que apoyar formaciones de extrema derecha en Europa es apoyar a Trump. Por eso sorprende que el gran partido conservador español incorporase a estos autodenominados patriotas a sus gobiernos autonómicos en 2023 (aunque lo abandonasen por razones tácticas), que haya asumido gran parte de su agenda negacionista y ultraconservadora y confirme que su estrategia futura pasa por contar con la extrema derecha para garantizar en el futuro la gobernabilidad de España, si alcanzasen mayoría parlamentaria. Sorprende aún más que los actuales responsables políticos de la socialdemocracia española, en vez de explorar cualquier posibilidad de tender puentes con el partido liberal conservador, entiendan que la estrategia correcta para España y para este tiempo es precisamente que se consolide esa alianza de las derechas y construir su relato sobre esa base. Cuando hacia 2027 casi todo el mapa autonómico español, gran parte del mapa municipal y tal vez el propio gobierno de España, sea una mezcla de azul y verde ¿Estarán orgullosos de no haber hecho lo suficiente desde el gobierno para evitarlo? ¿Qué quedará de la socialdemocracia española? Reitero que ambas posiciones son una temeridad.

En situaciones de alerta naranja (geo)política hay que mejorar sistemas de alarma y protocolos de emergencia. Al igual que se hace cuando ocurre un evento meteorológico extremo, es necesario reforzar pilares y estructuras. Es urgente reforzar tanto el pilar social y nuestra autonomía estratégica, como nuestro modelo de gobernanza. No hay otra vía alternativa para abordar con hechos las fuentes reales y profundas del malestar social, la desafección y la desconfianza en las instituciones. Conocemos nuestras debilidades y amenazas para navegar en este nuevo tiempo post-europeo. Sabemos cuáles son las ideas fuerza que han hecho de Europa un proyecto único y todavía envidiado en el mundo: democracia, justicia social y territorial, respeto a la diversidad, gobierno compartido, respeto a las normas, multilateralismo y determinados valores. Disponemos de instrumentos para reconducir la situación y para hacerlo posible de forma acordada y justa.

Los europeos estamos avisados y como decía mi maestro Josep Fontana, en el futuro tendremos lo que nos merezcamos. Es posible que la ola de populismo autoritario arrase con todos los puentes que tan trabajosamente se han ido construyendo durante décadas. Pero si esto sucediera, poco después, cuando se compruebe que los radicales ultraconservadores viven bien fabricando odio desde la oposición, pero son incapaces de gobernar para mayorías sociales, esa ola populista morirá en la arena. Y se necesitarán voluntarios para preparar el terreno, levantar puentes de apoyo logístico y recomponer los puentes derribados. Debemos estar preparados para entonces. Porque todas las manos disponibles serán pocas para acometer la gran reconstrucción democrática, política, económica, social y moral que tal vez nos aguarde.

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