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Opinión | No hagan olas

Elogio del campo y la vida sencilla

Nuestro agro es más patético, hambruno, carlista, plagado de epopeyas y levantamientos. Los payeses catalanes armados de hoces que cortan cabezas de virreyes, los anarquistas andaluces que se revolucionan entre olivares… los señoritos castellanos tan paternalistas con el analfabetismo, nuestras germanías homófobas…

Imagen de archivo de un campo.

Imagen de archivo de un campo. / Bernard Gagnon

Ben Vanstone es un guionista y productor de series televisivas británicas que desde 2020 dio con la tecla del éxito con un remake muy querido en el Reino Unido de Todas las criaturas grandes y pequeñas. Esa serie que emite Filmin en nuestro país ya va por la sexta temporada ganando adeptos, aunque todavía le queda trecho hasta igualar a la primera versión de la misma creada por la BBC, que la mantuvo en pantalla durante doce años, desde el 78 al 90.

Ambas versiones son escrupulosamente fieles al libro en el que se basan, una autobiografía del veterinario y escritor James Herriot. En realidad, Herriot es el seudónimo de James Alfred Wright, criado en Glasgow y veterinario profesional desde 1939 hasta su jubilación en el condado vecino a Escocia del norte de Yorkshire. El propio Wright, al igual que el personaje Herriot, también se alistó como piloto en la RAF durante la guerra.

Dado que la legislación sanitaria británica impedía hacer propaganda a sus profesionales, Wright creó a James Herriot para narrar las aventuras cotidianas, sencillas y cercanas de la clínica veterinaria en la que ejercía junto a dos hermanos, Sigfrid y Tristán Farnon. El pequeño pueblo donde vivían, Thirsk, pasó a ser Darrowby. Los libros de Herriot se convirtieron en best sellers durante los años 70 tanto en el Reino Unido como en los Estados Unidos, y apenas un lustro después de su primera publicación ya se rodó una película largometraje de gran éxito con un joven Anthony Hopkins como protagonista.

Luego vendría la serie de la BBC y, finalmente, la versión actual de Vanstone todavía en antena. La clínica de Thirsk es hoy un museo dedicado a Herriot, mientras que la localidad, de apenas 5.000 habitantes, ha sido considerada como uno de los lugares más cómodos y apacibles para vivir de toda Inglaterra. Ambas producciones se rodaron en los Dales, valles y páramos del norte de Yorkshire cuyos verdes pastos y frecuentes nevadas alimentan numerosas granjas de vacas y ovejas, tierras altas de colinas serpenteadas por estrechos caminos vallados con muretes de piedra seca. Los Dales fueron declarados en la década de los 50 como parque nacional protegido.

No es ni será la última saga literaria y/o cinematográfica dedicada a ensalzar la vida rural británica en su faceta más popular, que poco tiene que ver con la aristocracia de las grandes mansiones –parks o abbeys–. Los libros y zoológicos de Gerald Durrell, por ejemplo, han dado lugar a películas y telefilms, como también el divertido y lunático documental por episodios La granja de Clarkson, de los que se ha derivado todo un programa de enaltecimiento de la vida nacional en la campiña de los Costwolds, incluyendo un pub que sirve cerveza recién hecha con la cebada que allí mismo se cultiva al tiempo que se repudia el café en favor del té.

En los mismos e idílicos Costwolds, en Cornualles, en Oxforshire o Leicestershire han empezado a aflorar los nuevos hoteles rurales que cultivan sus propios vegetales y crían sus animales, como los de la cadena Pig. Hay granjas que se abren a las visitas y estancias del público, como la Dandelion Hideaway, donde se recrea con nostalgia la vida al aire libre en tiendas de campaña de lujo y hot-tubes en los que bañarse. O el complejo Daylesford con escuela de cocina, spas, tiendas orgánicas y un restaurante con estrella verde michelin donde no es raro tropezarse con famosos actores o músicos. El auténtico kilómetro cero inglés.

Pero el mundo rural, tan añorado por los románticos y el ecologismo, es conservador tanto para lo bueno como para lo malo. Fueron los condados más agrarios los que de modo mayoritario votaron a favor del Brexit, donde aflora el reaccionarismo del UKIP y las revueltas xenófobas son más frecuentes. Por eso mismo, la serie sobre Todas las criaturas… es tan afectiva como didáctica. Fue un refugio emotivo en pleno thatcherismo y lo es ahora tras las secuelas del referéndum sobre la Unión Europea.

Las historias de los encorbatados veterinarios de Yorkshire no versan sobre crímenes o suspenses, ni desarrollan tórridas escenas de sexo o amor loco. No hay héroes ni villanos, ni lucha de clases, solo la vida misma transcurriendo dentro de lo previsible, con sus apreturas a final de mes, la falta de víveres durante la guerra, los partos del ganado a medianoche o la fidelidad de los perros domésticos. Claro que hay conflictos, aunque siempre son reconocibles: los de la tradición frente a la emergente ciencia sanitaria, los de una madre soltera con su hijo ya adulto o los de los hermanos huérfanos. No sabemos nunca si votan labour o tory ni nos importa, solo que van juntos y cantan en el servicio dominical de su iglesia, organizan colectivamente la feria local agropecuaria y juegan al cricket frente a los caballeros propietarios. No es un mundo bucólico como el que describía John Ford en el Innisfree del hombre tranquilo irlandés, sino empático. El campo español, en cambio, no ha dado literatura ni cine de esta naturaleza. Nuestro agro es más patético, hambruno, carlista, plagado de epopeyas y levantamientos. Los payeses catalanes armados de hoces que cortan cabezas de virreyes, los anarquistas andaluces que se revolucionan entre olivares… los señoritos castellanos tan paternalistas con el analfabetismo, nuestras germanías homófobas… o los melodramas rurales de Blasco Ibáñez, de La barraca o Entre naranjos a Cañas y barro, donde la modernidad siempre se confronta al ruralismo. Solo Peñas arriba de Pereda propone algo parecido a una posible armonía entre la vida tradicional y la aceleración de los tiempos.

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