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Opinión

Estabilidad nuclear

Imagen aérea de la central nuclear de Cofrentes

Imagen aérea de la central nuclear de Cofrentes / L-EMV

Cuando era apenas una escurridiza niñata mi querida Lynn Margulis, bióloga, no tardaría nada en alumbrar un milagro a nivel bacteriano (luego aplicaría el procedimiento a seres de mayor entidad): la simbiogénesis. Mientras, la niñata le echaba los tejos al casi divino Oppenheimer y se contraespiaban ella y la señora de la casa.

Lynn quería saber, con más juicio que todo el FBI, el grado de aburguesamiento del sabio nuclear, acechantes y celosos en todo lo que no fuera su propia glorificación y, lo que es peor, la exagerada autoestima de los campeones de la libertad –ellos, claro.

Conclusión de la precoz observadora: nunca tendrían pelotas para reconocer la matanza. Ellos eran blancos protestantes y no se molestaron en llevar de excursión al estado mayor nipón y hacerles la proposición de ajustar el frenazo atómico y el consiguiente ahorro de vidas en los dos países. Esas concesiones, sí hubieran llegado si al perdedor no fuera de ojos oblicuos, por tanto, los alemanes derrotados (quizás también los franceses) son de la raza superior y se tuvo con ellos estas y otras consideraciones.

Desde entonces la norma ha sido la chapucera manipulación de la técnica y, tal vez, la imposible recuperación, en términos decentes, de la herramienta tecnológica, mientras que en los últimos meses trataban, de un modo un tanto conceptual y escapista, el Apagón: decían que la energía nuclear lo arreglaría todo. Desde los tiempos más remotos de las campañas de Átomos por la paz, tuteladas por el tío Sam, se nos han pedido cosas imposibles, como la nieve quemante, pongo por caso. Entre otras cosas se atribuía, por pura fe, a la energía nuclear, la capacidad de estabilizar todo el sistema energético, una energía alargada (unos cuantos años), como la sombra del ciprés, que se alimenta del uranio que no tenemos y con las pastillas de combustible enriquecido que un país –Francia– afina como hace con los quesos.

Por tanto en esta nueva era de trumpismo desbocado el jefe del Ejecutivo se bebe de un trago el crudo de media docena de petroleros venezolanos o se juega los bienes a la baraja porque sí, porque puede y lleva tres ases en la manga.

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