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Opinión

Cada 6 de enero

No todos los niños reciben los mismos regalos la mañana de reyes

No todos los niños reciben los mismos regalos la mañana de reyes / Francisco Calabuig

Aquel 6 de enero, como el anterior, R. recibió una muñeca cuya cara relucía, de tan limpia como estaba. Le dolió el pecho de felicidad, la abrazó, la abrazó tanto y tantas veces que al final de aquel día parecía magullada. Sin embargo, todo se rompió un poco cuando, tras dormirse a ella abrazada, desapareció. Al día siguiente no había rastro de aquella muñeca que representaba el lujo. Tuvo que pasar todo un año, hasta el siguiente 6 de enero, Día de Reyes, cuando le volvieron a regalar la misma muñeca, con el vestidito actualizado, aunque eso R. no lo supo porque no lo pudo recordar. El regalo de Reyes aparecía y desaparecía con el Día de Reyes. La pobreza. Años 40, posguerra. R. era mi madre, Rosario Vila Olaya, a la que nunca le gustó la Navidad. Ese ambiente se respiró en casa, heredándose. Con el paso de los años, la adultez y la independencia, decidió casarse un 6 de enero, quizá para gritarle a la pobreza que ella, ese día, lo iba a celebrar.

En cierta ocasión recorrí media València con el maletero lleno de juguetes con la intención de repartirlos a niños que los necesitasen. Había organizado una recogida para enviarla a los campos saharauis de Tinduf y llenamos un camión. Los que llegaron tarde me negué a desaprovecharlos. Sin embargo, fue una tarea difícil, pues no encontré una asociación que, aquel día, los quisiese. Al final los aceptó, sin interés, una ONG.

Tras la dana, el reparto de juguetes en los pueblos afectados fue una explosión de felicidad porque, tras lo necesario y vital, el juego es clave para imaginar un futuro. Al desarrollo cognitivo, motor, social o emocional se une la exploración de nuevos espacios de afecto. Más allá del entretenimiento, el aprendizaje o el compromiso, son herramientas de expresión sentimental. Ese afecto simbólico que mi madre sólo tuvo un día al año.

Hacen falta, por pueblos y ciudades, contenedores para recoger juguetes y, tras ellos, instituciones que se encarguen del reparto justo para llegar a todos y cada uno de los niños y niñas. Favorecer un círculo alejado de la avaricia capitalista y el consumismo destructor. Y que sean los niños y niñas con recursos los que participen en ese acto de justicia y solidaridad para que entiendan cuan de privilegiados son.

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