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Opinión

València

Crónica de una muerte anunciada

La mayoría de los niños acceden a las pantallas a edades muy precoces

La mayoría de los niños acceden a las pantallas a edades muy precoces / EFE

El pasado día 27 de diciembre me dio un patatús leyendo la noticia de portada de Levante-EMV: “La ´generación pantalla´ suspende en comprensión lectora”. Asustado, acudí a los subtítulos y me confirmaron lo que me temía: “La mitad de los alumnos de 6º de Primaria de la C. Valenciana no entienden lo que leen. El déficit se ha duplicado en dos años”. Desde luego, si esto es así, no me extraña que sea noticia de portada, pues es lo peor que podría ocurrirnos a los valencianos, que de repente entrásemos en una decadencia profunda y nos hundiéramos en el tercer mundo. Pero entonces caí en que era la víspera del día de Inocentes (28-D) y supuse que se trataba de una broma. Respiré aliviado, aunque todavía me quedó como un gusanillo de inquietud y para mayor tranquilidad acudí a la página en la que se desarrollaba la noticia. No podía ser verdad, era como una pesadilla: la página 6 entera confirmaba los peores augurios, pues la información venía de un grupo de investigación, ERI-Lectura, de mi propia universidad, la UV.

Cuando ocurre algo así, el mundo académico busca rápidamente confirmaciones bibliográficas. ¿No habrá algo en algún estudio de la Universidad de Harvard, de la de Heidelberg, de Paris 3, de la de Cambridge, de La Sapienza de Roma...? Pues sí, la revelación de la influencia negativa que tiene el uso excesivo de las pantallas en la comprensión lectora de los niños aparece en varios estudios, pero solo se constata como tendencia y, además, dichos trabajos no suelen proporcionar explicaciones convincentes. Como no encuentro nada aprovechable, se me ha ocurrido acudir a los clásicos y, mira por dónde, he encontrado la explicación a casa nostra, nada menos que en el siglo XIII. Ramon Llull, el filósofo mallorquín, escribió en 1294 un texto titulado “Liber de sexto sensu” o “Liber de affatu”, del que se conserva también la versión en lengua vulgar titulada “Lo sisèn seny lo qual apellam efatus”. El título lo dice todo: a los cinco sentidos tradicionales hay que añadir un sexto sentido, el lenguaje (“affatus” significa “discurso”). Evidentemente Llull está en lo cierto: los sentidos nos permiten recibir datos del mundo y organizarlos cognitivamente en el cerebro, pero no todos son igualmente eficaces. Un gusano se retuerce cuando lo tocamos, un caracol selecciona con el gusto lo que puede comer o no, un topo se sirve del olfato para reconocer a amigos y a enemigos, un murciélago puede volar sin chocar con las paredes de su cueva gracias al oído, un gato hace todo lo anterior, pero sobre todo ve a sus futuras presas. Excuso decirles que los humanos tenemos tacto, gusto, olfato, oído y vista por orden creciente de importancia, pero tenemos además un instrumento cognitivo fundamental del que los demás animales carecen y que es el responsable de nuestra superioridad: el sentido del lenguaje. Y no solo se trata de que con el lenguaje podamos expresar contenidos que a los demás sentidos les resultan inabordables: emociones, creencias, cálculos numéricos, predicciones futuras... Lo más importante de todo es que el lenguaje se convirtió en el fundamento de la sociedad, porque nos permite organizar el mundo circundante, pero además nos permite comunicárselo a nuestros semejantes. Ningún otro sentido es capaz de algo así, ni siquiera el de la vista -el más desarrollado de los cinco sentidos tradicionales- nos permite hacer que el otro vea como veo yo si no se lo explico mediante el lenguaje. No es sorprendente que Llull destacase que el “affatus” es la vía para llegar al Otro, es decir, a Dios. Modernamente este planteamiento místico nos resulta extraño, pero lo que no se puede ignorar es que la madurez cognitiva de los seres humanos se alcanza en la infancia con el lenguaje, no con las imágenes de una pantalla. Apostar por las pantallas en detrimento de la lectura es simplemente meter la marcha atrás en la línea de la evolución. No sería la primera especie animal a la que le ha sucedido algo así. Por eso lo que está ocurriendo en las escuelas de la Comunidad Valenciana (y en las de toda España, no me cabe la menor duda) es una tragedia y quienes la perpetran –algunos padres, educadores y autoridades educativas- son unos irresponsables. Sobre todo los primeros, que deberían ser los más interesados en el bienestar de los críos: exponerlos continuamente a toda suerte de pantallas, para que les dejen tranquilos, es la mejor manera de conseguir que sus hijos e hijas acaben siendo ciudadanos adocenados y simplones. Como los progenitores mismos, probablemente.

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