Opinión | Cargar la suerte
La horchatería Santa Catalina, ¿herida de esencia?
¿Dónde queda el respeto a la tradición? ¿Y a la liturgia de doscientos años de historia que contemplan sus paredes? ¿Por qué se ha cambiado la auténtica taza por un simple vaso de cartón?

El mostrador de la histórica horchatería de Santa Catalina, en València / Levante-EMV
La virtud de los locales antiguos que todavía existen es reivindicar, justo en el momento en el que el mundo se orienta a la globalidad y a la 'fast food', su propia esencia.
A pocos pasos de la Catedral, en el entramado de calles del centro histórico de València, hay un local que funciona como una cápsula del tiempo: memoria de lo que fuimos para el paladar de los valencianos. Una casa que ha atravesado generaciones tras mantener la esencia de su autenticidad y un repertorio de sabores reconocibles.
El vaso de cartón
Se trata de la horchatería Santa Catalina, que ha mantenido su equilibrio a lo largo de dos siglos sin hacer proselitismo de su historia, con un interior decorado con cerámica de Manises y una distribución en dos plantas pensada para absorber el flujo constante de público, el de siempre y los turistas. Pero ahora parece haber herido una identidad que parecía inmunizada contra la moda tras tomar la decisión de servir el chocolate con un vaso de cartón. ¿Dónde queda el respeto a la tradición? ¿Y a la liturgia de doscientos años de historia que contemplan sus paredes? ¿Por qué se ha cambiado la auténtica taza por un simple vaso de cartón?

La taza con la que servían el chocolate en la horchatería Santa Catalina de Valencia / Levante-EMV
No se trata de fetichismo: se trata de entender que, en ciertos lugares, el recipiente también es lenguaje. No servir el chocolate en una taza no altera el sabor, está claro, pero sí transforma el momento de tomártelo, que no es baladí. El sabor físico es el mismo, pero la experiencia no. El recipiente modifica el contexto del consumo y, con ello, el valor del momento, el cuidado, la pausa, el recogimiento.
Tomarte el chocolate en una taza declara una intención, un momento que se elige para disfrutar. Pero la horchatería Santa Catalina parece que ha sucumbido a la homogeneización cultural de nuestros tiempos y a la pérdida de un ritmo local que tanto la identificaba.
Los ritmos de consumo
Quizá habrá razones prácticas que intenten explicar o justificar el cambio, como los costes, la comodidad o la presión del volumen de gente que acude diariamente, pero tomarse un chocolate en un vaso desechable es como un trámite dentro de una vorágine de tantos trámites impuestos precisamente por esos ritmos de consumo. La misma bebida pasa a ser funcional. Antepone la utilidad del simple hecho de beberlo a cualquiera de sus restantes cualidades, lejos de ese lenguaje patrimonial y ceremonial que proyecta este local de la plaza que le da nombre.
Y un sorbo de chocolate en una taza en Santa Catalina es, andando por el tiempo, una de las razones fundamentales de su supervivencia. Un momento que merece un respeto porque es como un micro-ritual. Por eso la horchatería Santa Catalina ha pervivido en nuestros tiempos.
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