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Opinión

València

¿Consenso parcial o confrontación total?

Imagen de archivo.

Imagen de archivo. / ED

¿Es posible el consenso entre pensamientos políticos y sociales contrapuestos? ¿Puede llegarse a acuerdos políticos entre formaciones que se disputan el gobierno de un Estado e interpretan la realidad de manera diferente? No hay una regla fija, depende del país y de la coyuntura histórica. Hay momentos en que después de un periodo de convivencia controvertida las fuerzas políticas consiguen alcanzar puntos de encuentro para iniciar una nueva etapa. Fue el caso de la Transición española después de la muerte de Franco. También, acabada una guerra, vencedores y vencidos intentan superar las causas del conflicto para construir puntos de encuentro. Finalizadas las grandes guerras se han buscado fórmulas para dejar atrás los enfrentamientos. Así ocurrió al término de la Primera Guerra Mundial con la creación de la República de Weimar en Alemania, la aparición de nuevos Estados y la constitución de la Sociedad de Naciones. Pero ello no impidió la II GM, y nuevamente, finalizada la contienda se produjo una nueva reorganización política y social de Europa, marcada por la división entre la URSS y Occidente -liderado por EEUU- y la aparición de los movimientos anticoloniales. Sin embargo, a pesar de la publicación de normas internacionales respaldadas por la ONU para prevenir conflictos globales, han continuado surgiendo guerras regionales.

El ideal de una “una paz perpetua” concebido por Kant no se limitó a propuestas políticas y geopolíticas: se optaba por la valorización de la democracia como sistema de referencia para dirimir las distintas opciones de propuestas gubernamentales, o por la independencia de los estados para determinar su soberanía dentro del marco de leyes internacionales. Incluso pensadores de concepciones teóricas radicalmente diferentes intentaron explorar posibles consensos sobre la naturaleza humana. Es lo que ocurrió en 1929 en el encuentro financiado por Suiza, Francia y Alemania en la ciudad de Davos, en los Alpes suizos, lugar donde transcurre la novela de Thomas MannLa montaña mágica” y se sitúa el sanatorio de Berghof. Allí se confrontaron dos filósofos: Ernest Cassirer, representante del neokantismo defendía que los humanos se relacionaban por formas simbólicas a través del mito, la religión, el arte o el lenguaje, y Martin Heidegger, el filósofo del ser, cuya publicación en 1927 “Ser y Tiempo” había convulsionado el pensamiento filosófico. Cassirer era un profesor judío que tendrá que exiliarse cuando lleguen los nazis en 1933, y Heidegger, rector de la Universidad de Friburgo, se identificó durante un tiempo con el nacional-socialismo.

Ambos intentaron exponer su concepción del ser humano y los límites de la racionalidad y libertad. Cassirer, en la línea de Kant, defiende el humanismo trasmitido por la Ilustración que supera a la naturaleza mediante la cultura y el avance del conocimiento científico, frente a la concepción existencialista centrada en el concepto del “ser ahí” (Dasein) de Heidegger, arrojado mundo y que debe alcanzar el ser auténtico (por qué existe el ser y no más bien la nada) enfrentándose a su propia finitud (el hombre es un ser para la muerte). Todo lo demás depende de ese final que es la raíz de la angustia humana cuando se percata que acabará en la nada, por mucho que se disimule en la racionalidad de la ciencia, las tendencias humanistas y la religión. La confrontación entre ambos ilustró la imposibilidad de alcanzar un mínimo consenso, reflejando así el clima de bifurcación intelectual y social de la época, que precedió a conflictos tan devastadores como la Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial.

Tras esas grandes crisis de la primera mitad del siglo XX la mayor parte de Europa experimentó una etapa de paz relativa, aceptando las diferencias teóricas sobre el mundo y creando mecanismos para evitar otra gran tragedia. El Estado de bienestar y los sistemas educativos jugaron un papel clave en la transmisión del valor del respeto mutuo. Pero han venido nuevos tiempos de disidencia en este primer cuarto del siglo XXI donde intentar alcanzar acuerdos políticos y sociales se hace cada vez más difícil. Es como si se hiciera realidad la propuesta de Sartre: “el enemigo son los otros” Y así, entramosen el segundo cuarto del siglo sin saber si será posible respetar al disidente y se mantendrán las reglas del derecho internacional, o si nos dirigimos a un escenario de “sálvese quien pueda” donde las distintas narrativas intentan imponerse, a través de internet o noticias falsas, en vez de exponerse. Ceder en algo es similar a una derrota. La cuestión está en si las elites intelectuales y políticas ignoran el sentir de una mayoría social que desea llegar a pactos estables presidiendo de la beligerancia. Cuando estalló la I Guerra Mundial algunos pensadores y todo tipo de organizaciones boicotearon la movilización militar, pero incluso los socialistas de Francia, Alemania y Austria votaron a favor de los presupuestos de guerra y justifican a sus Estados.

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