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Opinión | Bolos

Director de Levante-EMV

Con Sorolla hemos topado

València mantiene una relación compleja con el artista de la luz que deslumbró en París y Nueva York

Figuración del monumento a Sorolla en la playa del Cabanyal.

Figuración del monumento a Sorolla en la playa del Cabanyal. / Levante-EMV

La València que presume de mar y luz saca del armario el mismo traje cada vez que quiere vestirse de gala cultural. Sorolla siempre le sienta bien, como esa vestimenta clara que disimula las arrugas. Pero, detrás del tópico, hay la historia de una ciudad que lo vio nacer y que, durante décadas, no supo qué hacer con él. El pintor aprendió aquí a mirar el mundo con urgencia y a buscar complicidades fuera. París le dio etiqueta; Nueva York, dimensión; Madrid, mercado. Su casa le ofrecía un afecto intermitente, mezclado de entusiasmo cuando tocaba la foto y silencio a la hora de construir un relato sólido. Su València idealizada nos recuerda, a pinceladas, todo lo que hemos dejado degradar.

Nuestra especialidad es querer a destiempo, pues nos enciende el reclamo del cartel y nos cuesta sostener la continuidad. Por eso Sorolla ha sido, demasiadas veces, un pirotécnico que saluda antes de empezar la mascletà. Mientras tanto, el Cap i Casal discute placas, ubicaciones y gestos para rebajar la mala conciencia. Da igual que el Museo de Bellas Artes reserve una sala mientras, a la vez, se negociaba acoger la gran colección de la Hispanic Society en el reconvertido Palacio de las Comunicaciones, que acabará de forma provisional en el Museo de la Ciudad, frente al Palacio Arciprestal y junto a la Seu, en un ágora idónea para explicar la luz y el misterio a la vez y en pocos metros. Un salto en el vacío entre Ausiàs March y Sorolla. Ahí queda eso.

También se habla de reconstruir en la playa del Cabanyal aquel monumento brutalista que la ciudad dejó perder. Demasiadas excusas para una reconciliación tardía, y demasiado retraso para garantizar que la relación con Sorolla dejará de ser complicada mientras se use al artista solo como eslogan de coartada. Porque quizá, al final, el conflicto no sea de Sorolla con València, sino de València con su propia ambición. Y eso, como todas las cosas serias, no se resuelve con una sala provisional, ni con una estatua neoclásica, ni mucho menos con el anhelado museo. Se trata, simplemente, de gestión cultural sostenida, con constancia y sin bandazos.

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