Opinión
La comunicación no es la clave
Repartir dinero público sin discriminar tiene más de electoralismo que de empatía y denegar ayudas por no haber sido el más rápido es injusto

El 'president', Juanfran Pérez Llorca, escucha el último pleno del año de las Corts en su escaño. / José Cuéllar/Corts
Siempre me ha sorprendido la fe que desde la política se deposita en la comunicación. Como si una buena estrategia informativa fuera capaz de hacer milagros y convertir los bodrios en maravillas. "Lidera la comunicación", le dijo Feijóo a Mazón la tarde-noche de la DANA, cuando el drama humanitario era ya un hecho y la gestión un desastre sin parangón. También a la comunicación se refirió el otro día el presidente de la Generalitat, Juanfran Pérez Llorca, en la entrevista concedida a este diario cuando lamentó que la reconstrucción tras la barrancada era lo que peor había explicado el Consell. La reflexión venía a cuenta de una pregunta sobre el colapso diario en Metrovalencia.
Es cierto que el trabajo de reposición de las líneas ferroviarias fue titánico. Desde la zona en la que resido era visible cómo, en medio del barranco del Poyo, donde el 29 de octubre el agua y el lodo dejaron un vacío que encogía el alma, se fue levantando a buen ritmo la pasarela que volvió a conectar trenes y personas.
Sin embargo, el cómo ensombrece al qué. Los ferrocarriles vuelven a circular, pero subirse a ellos desde hace más de un año es una aventura no apta para personas claustrofóbicas ni para aquellas para quienes ser puntual no es una opción, es decir, para la mayoría.
Ocurre algo similar con las ayudas que la Generalitat repartió al vecindario afectado. El primer paquete, casi de socorro, fue necesario, ya que la espera de las indemnizaciones del Consorcio fue larga y angustiosa. Pero todo se torció después cuando el Consell de Mazón, en su afán de permanecer, creyó que el dinero taparía bocas. Comenzó entonces la fiesta del dinero. Replicó las ayudas por daños en vivienda y vehículos sin mirar quién las seguía necesitando e impulsó un bono de viaje cuando había familias que aún no podían reparar su casa y mucho menos rehacer sus vidas. La lógica de repartir a diestro y siniestro se trasladó al bono térmico, distribuido de oficio. Y después de tanto estirar el chicle, las ayudas para empresas y estudiantes distribuidas sin criterio de prioridad se han quedado a medias al agotarse el presupuesto. Repartir dinero público sin discriminar tiene más de electoralismo que de empatía y denegar ayudas por no haber sido el más rápido es injusto. Además, restaurar las líneas del metro y someter a diario a miles de personas a retrasos y aglomeraciones sin más alternativa ni explicaciones que un aviso en redes sociales o por megafonía no es sólo un insulto, es temerario.
Ya puede toda la materia gris del Palau —por cierto, prácticamente la misma que diseñó la estrategia comunicativa para salvar a Mazón— romperse la cabeza buscando eslóganes, que toda idea brillante será papel mojado para quienes cada día se apiñan en el metro o se han quedado sin ayudas necesitándolas de verdad. No, la comunicación no era la clave.
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