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Opinión

València

La geopolítica del divo

Trump acusa a Maduro de haber torturado a pesonas en Caracas

Trump acusa a Maduro de haber torturado a pesonas en Caracas

Por momentos, la política internacional deja de ser un tablero de ajedrez para convertirse en un set de rodaje. El ataque militar y la detención de Nicolás Maduro por tropas de los Estados Unidos no son solo un hecho de armas; son también espectáculo, puro espectáculo.

Asistimos al nacimiento de una doctrina que justifica hacer cosas que hasta hace poco parecían injustificables, contadas en directo de un modo que dinamita el relato políticoheredado de la segunda mitad del siglo XX.

El gobierno de Donald Trump, actuando como un nuevo emperador absoluto, establece las bases de una "geopolítica del divo", en la que el impacto del guion, y el lucimiento del protagonista, son tan importantes como los objetivos. Acción, villano, superhéroe y una audiencia universal.

Maduro sí o Maduro no

El sábado pasado, el mundo no asistió a una operación militar filmada y aún no hemos visto como fue la destrucción de las puertas que blindaban el escondite que Maduro no pudo alcanzar o como mataron a los guardaespaldas cubanos. El mundo vio una 'película' narrada casi en tiempo real por el propio Donald Trump con imágenes humillantes de un Maduro con gorrito de Micky Mouse.

Al presentarse como el 'policía del mundo' que actúa al margen de la legalidad internacional para capturar a un dictador, Trump activó un maniqueísmo instantáneo. Evocaba el cine de Clint Eastwood e inyectaba en las redes una realidad terrible: el ataque militar a un país sin declaración de guerra.

Con un dilema perverso: ¿Está justificado actuar ilegalmente desde un país contra el presidente, ilegítimo, de otro país? ? ¿O es preferible el respeto a unas normas internacionales que, perversamente, pueden servir de escudo para perpetuar tiranías? Like or dislike?

La respuesta global fue una coreografía de la confusión. Mientras la diáspora venezolana estallaba en júbilo, la derecha europea se fracturaba: el seguidismo entusiasta de Vox o de Giorgia Meloni contrastaba con las dudas del Partido Popular, incapaz de procesar el atropello a la soberanía.

La izquierda denunciaba el imperialismo, la Unión Europea se hundía en su habitual consenso de tibiezas y el Frente Nacional francés sorprendía con una defensa cerrada de la soberanía nacional.

Al final, la gente no se posicionó sobre el derecho internacional, sino sobre la figura de Trump, el shérif del hemisferio occidental en tiempos de una guerra homicida sin declarar.

El segundo dilema

A medida que el impacto del ataque se diluía, surgió una verdad más cruda. La operación no buscaba restaurar la voluntad popular que votó a favor de Edmundo González y María Corina Machado en julio de 2024, sino asegurar el control de la enorme reserva de petróleo del país caribeño.

La revelación de pactos subterráneos con figuras como Delcy Rodríguez —parte del círculo íntimo del gobierno chavista y, desde el lunes, sustituta de Maduro—, para restablecer el negocio petrolero de las empresas norteamericanas dejó claro que la "liberación" era una excusa frente al negocio. El dinero es lo primero.

El Comité Editorial del New York Times puso las cosas en perspectiva: no es un hecho aislado. Bajo la administración Trump, el Hemisferio Occidental vuelve a ser considerado un espacio de su control exclusivo. Es el primer eslabón de una cadena de intervenciones planificadas que apunta ya a Groenlandia.

En el nuevo mapa geopolítico mandan las potencias militares: Rusia, China e Israel. Y Estados Unidos ha decidido que, a diferencia de lo que argumentó Bush con sus ataques a Irak, Afganistán o Libia, ya no necesita 'exportar democracia', sino imponer los límites de su influencia. El 'sentido común democrático' está siendo sustituido por una realpolitik imperialista de factura cinematográfica.

El último dilema nos interpela directamente como ciudadanos con convicciones democráticas. Nos abordan dos urgencias: el rechazo a las dictaduras que se disfrazan de 'democracia directa' —es el caso de Cuba, Corea del Norte y China—, y el rechazo a las actuaciones antidemocráticas de los nuevos poderes imperiales.

La construcción del relato nos deja indefensos. No poseemos la tecnología para producir un contrarrelato en las redes y son escasísimos los líderes con carisma global para defender una política alternativa. A diferencia de lo que sucedía hace 50 años, ni siquiera tenemos un imaginario, o una utopía, para alimentar ilusiones colectivas.

Pero sí tenemos una tarea: darle la vuelta a la seducción del espectáculo y defender la democracia. Un valor nacido en suelo europeo hace tres mil años. Idóneo para llenar la honda de un nuevo David colectivo frente a tamaño Goliat audiovisual.

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