Opinión | Traspapelado
Clásicos contra el apocalipsis
Sobran señas de identidad y símbolos. Falta arte bien tratado: novísimos y clásicos que nos ayuden en este tiempo que quieren apocalíptico

Rafael Chirbes, en una imagen de 2014. / DANIEL REINHARDT
Quizás un clásico sea el libro que, aunque haya pasado tiempo desde su publicación, te sigue apeteciendo regalar. Me suele suceder cuando llegan fechas como las que nos han atropellado otro año más. Pienso qué libro regalar y, además de algunas novedades sugerentes, suelen pasar por mi cabeza títulos con décadas de vida. Libros que siguen teniendo conexiones con el presente. Me pasa con El gran Gatsby y Suave es la noche, o con Manhattan Transfer, todos alrededor de esa crisis que fue víspera de la noche más oscura del siglo XX. Estas fiestas he regalado otra, La fiesta del chivo, y claro, cómo no pensar en las tiranías que vuelven a pisotear Hispanoamérica. Cómo no pensar en el factor naranja y esa doctrina Monroe que vuelve a repetirse como un mantra: América para los americanos (del norte, siempre). Y me pasa con Galíndez, la obra maestra del maestro Vázquez Montalbán: rescate de verdad olvidada, atropello de derechos humanos y sátrapas secuestradores. He vuelto a regalar La buena letra. Porque sí. Porque Chirbes siempre apetece. Y porque más que sus títulos crepusculares que lograron el gran aplauso de la crítica, esta novela breve es una composición narrativa perfecta con gentes normales en medio del erial de España tras nuestra última apoteosis de devastación. Quizás la regalo ahora como advertencia. Aunque eso lo pienso después. Como lo pienso cuando vuelvo a coger Suite francesa, de una Nemirovsky que, tras años de arqueología, parece que vuelve a las sombras, ahora que sus textos resuenan más cercanos. O me pasa con Trenes rigurosamente vigilados, de Hrabal. O con Primo Levi: Si esto es un hombre me sigue pareciendo el mejor título imaginable.
Claro que también hay libros que no señalan tiempos sucios que amenazan y que continúa apeteciendo regalar. Como Leviatán. O El jinete polaco. O Mañana en la batalla piensa en mí. O Hamnet, de los más recientes. Clásicos. O solo libros, que ya es mucho viaje llegar a ser papel en las manos de alguien.
La distancia entre un clásico y un símbolo es la que hay entre una caricia y una piedra
La distancia entre un clásico y un símbolo es la que hay entre una caricia y una piedra: la que separa el arte de convertirse en potencial arma arrojadiza y material de uso político. En esa cuerda floja está siempre Sorolla. No hay semana sin noticia sobre el tótem. Siempre funciona. Ahora parece que el Museo de la Ciudad de València será su alojamiento provisional (ese calificativo de temporal es peligroso en estas tierras). Puede ser una oportunidad, pero hoy es un enclave arrinconado y con notables carencias. He estado dos veces en las últimas semanas. En una, solo en salones vacíos: ni público ni personal de sala. En la segunda, la exposición (de Manuel Benedito) cerrada durante dos horas por un “problema técnico”. No entiendo la fijación en una Hispanic Society serie B aquí, sin más. Insisto: lo mejor que puede aportar Valencia a Sorolla es el contexto de un valioso y frondoso arte de entresiglos (la edad de plata, etiquetó alguien). En ese proyecto colectivo, todos ganarían, incluido Sorolla: más real, menos simbólico. Sobran señas de identidad. Falta arte bien tratado: novísimos y clásicos que nos ayuden en este tiempo que quieren apocalíptico.
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