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Opinión | En el barro

València

Un año bárbaro

El síndrome Zweig se acelera: la convicción de habitar el mundo de ayer y ser atropellado por otro que no entendemos. Que no entiendo

Alberto Núñez Feijóo y Carlos Mazón, en imagen de archivo.

Alberto Núñez Feijóo y Carlos Mazón, en imagen de archivo. / Eduardo Parra - Europa Press

Escena de fin de año. Al salir hacia la cena festiva, la única vida en la calle es la frutería de los paquistaníes, esperando vender la última manzana del año, y el sintecho africano en su rincón de todas las noches, ajeno a campanadas, uvas y matasuegras. Es València. Podría ser cualquier ciudad española. Una estampa para entender el mundo de hoy.

Escena de inicio de año. Esos días dulces en que todo se para y se hace el silencio, solo roto por las palmas de unos centroeuropeos lustrosos al ritmo de una marcha que suena a jolgorio militar. Primer paseo con los perros. Nubes frías y sosiego en el asfalto. En el parque, un mirlo muerto tendido al sol, con el pico naranja aún reluciente y sus plumas brillantes. Se me pega al cuerpo el peso del mal presagio, la losa de los símbolos que, más allá de la razón, nos empeñamos en creer que contienen un mensaje sobre el futuro.

Intento apartar de mí determinismos, todas esas supercherías que cargamos encima, entre banderas y ritos, pero los días se empeñan en recordarme el mirlo. El año ha empezado mal para el mundo en el que creímos. El síndrome Zweig se acelera: la convicción de habitar el mundo de ayer y ser atropellado por otro que no entendemos. Que no entiendo.

Los indicios de destrucción se multiplican en pocos días. Llevamos diez y parece que la cuerda floja es nuestra condición vital

Los indicios de destrucción se multiplican en pocos días. Llevamos diez y parece que la cuerda floja es nuestra condición vital. El golpe externo en Venezuela sin caretas. Un tirano ilegítimo destronado por un descreído de la democracia sin respeto al derecho internacional. Esas tenemos. Nuevo orden. La toma del poder de otro país para controlar sus materias primas. Eso, reducido a la realidad elemental, siempre se ha llamado robo. No suena tan nuevo. Las invasiones son igual de bárbaras aunque se ejecuten con operaciones militares quirúrgicas, que además subrayan la diferencia entre el poderoso y el sometido. Colonialismo es un eufemismo. Regresa con toda su crudeza, que revela países de primera y de segunda o tercera. Humanos de condición privilegiada por su lugar de residencia y otros condenados a ese indestructible patio trasero.

El presidente de EE UU, Donald Trump.

El presidente de EE UU, Donald Trump. / AARON SCHWARTZ / POOL

Es el mismo mensaje que emiten las agresivas políticas contra la inmigración. En solo unos días, y después de la experiencia cercana en Badalona, con los lugareños que impiden que un templo católico acoja a unos extranjeros recién expulsados, se produce la muerte de Renée Nicole Good. Agentes de extranjería disparan contra una mujer que intenta esquivar una redada antiinmigración en Minneapolis.

Es el mensaje que traslada también la amenaza a Groenlandia: la violencia del viejo Oeste resucitada. Todo es demasiado salvaje.

Autoritarismo, odio y miedo son los ingredientes de esta nueva era. Estados Unidos, China y Rusia abren un nuevo eje en el planeta

Civilización o barbarie fue el dilema sobre el que se construyó la modernidad. Eso nos enseñaron. El mundo de hoy es otro, ajeno a esas lógicas. Nos muestra que la barbarie también llega desde la civilización. Autoritarismo, odio y miedo son los ingredientes de esta nueva era que se abre paso en las naciones con más poder (económico, claro). Estados Unidos, China y Rusia abren un nuevo eje en el planeta. No son iguales, son rivales en muchos asuntos, pero los pilares existenciales que imponen cada vez se parecen más.

La vieja Europa vuelve a ser el mundo de ayer, que es una manera de decir el de la Ilustración, el de la civilización y la democracia liberal, con todas sus miserias y defectos, y sus valores. Ese mundo que Zweig dio por derrotado pudo vencer a los fascismos del siglo XX. ¿Qué sucederá ahora, cuando vuelve a estar amenazado? ¿Dónde estarán los nuevos aliados? ¿Qué transformaciones serán posibles para intentar sobrevivir?

De momento, por aquí cerca, amanece oscuro en estos primeros días de 2026. Cómo mueren las democracias escribieron hace pocos años Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, y el viejo mundo parece haberse aplicado a esa oxidación desde dentro del sistema. Es demoledor el ‘Lleva la iniciativa de comunicación... Es la clave’ de Núñez Feijóo a Carlos Mazón la noche de la gran catástrofe valenciana. Tan incomprensible como aquel ‘Si quieren ayuda, que la pidan’. ¿Cómo no esperar que a partir de ahí se impusiera la lógica de las mentiras para ganar la guerra de la comunicación?

La verdad que la jueza de Catarroja está desnudando es la miseria de un mundo de ayer pervertido por la urgencia del poder

La verdad que la jueza de Catarroja está desnudando es la miseria de un mundo de ayer pervertido por la urgencia del poder. Lo que más cuenta por encima de las personas y los hechos: conquistar o retener el poder. Es el síntoma de una democracia viciada por la lógica partidista. Eso es también lo que en estos días se está desnudando. Es el fundamento de una guerra política absurda por inexistente en la calle, en la que se ha perdido de vista al verdadero enemigo. Tras los últimos cambios en la estructura de mando del PSPV, la explicación que daba un cargo de la dirección era esa: “Vamos a la guerra. Los soldados han de estar dispuestos a morir”. ¿Guerra contra quién? ¿Alguien ha decidido ya que no hay posibilidad de diálogo franco con el otro? ¿La guerra para mantener solo la Moncloa o para arrebatársela al otro?

La verdadera guerra es otra. La barbarie vuelve a interpelarnos. Nada está escrito, a pesar del mirlo.

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