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Opinión

València

El día en que se acabó la magia

El presidente de EE. UU., Donald Trump, al teléfono en el despacho oval de la Casa Blanca. EPA/MICHAEL REYNOLDS. Sustituye el texto

El presidente de EE. UU., Donald Trump, al teléfono en el despacho oval de la Casa Blanca. EPA/MICHAEL REYNOLDS. Sustituye el texto / MICHAEL REYNOLDS / (EPA) EFE

A todo adulto le conmueve reencontrarse con los juguetes de su infancia. No por el objeto en sí, que visto con los ojos de ahora puede parecer insignificante, incluso un poco triste. Sino más bien por lo que contenía entonces: por la promesa de que el mundo podía ser un lugar gobernado por la ilusión. Hubo un tiempo en que los regalos de los Reyes Magos eran la certeza de que algo bueno iba a ocurrir.

Hace poco, rebuscando en un armario, encontré una caja de juegos. Era el Magic 30, un modesto juego de trucos de magia que los Reyes me trajeron cuando yo ya era un niño un poco crecido. Durante años había pedido, con la obstinación propia de la fe infantil, el Magia Borrás, el de la empresa catalana, el auténtico. Pero los niños y niñas que crecimos en hogares humildes aprendimos pronto que algunos deseos no se cumplen jamás, por más bien que uno se porte.

Llegó, eso sí, el sucedáneo: una versión de marca blanca que cumplió su función sin cumplir del todo el sueño. El Magic 30 era una caja con cartas, una varita, bolas de colores y una colección de artilugios pensados para hacer desaparecer monedas o adivinar naipes. Menos trucos y menos glamour, pero, en esencia, era eso. Cuando por fin llegó, quise -por supuesto- llevarlo al colegio. Era la época Harry Potter y todos queríamos ser magos en el recreo, aunque solo fuera durante diez minutos, antes de volver a clase.

Un día, en el patio de los mayores, un niño más grande y más fuerte me robó la baraja especial con la que funcionaba el juego. Sin ella, veintiséis de los treinta trucos que traía dejaban de tener sentido. No se lo dije jamás a mis padres. Por miedo, o por vergüenza, nunca volví a jugar con aquel Magic 30 y les hice creer, incluso me hice creer a mí mismo, que en realidad yo nunca había pedido ese regalo.

Algo parecido nos ha ocurrido a muchos de los niños y niñas que quisimos ser universalistas y utópicos al crecer. Depositamos nuestras ilusiones adolescentes en la idea de un mundo más justo, más compartido, menos dominado por una sola mano que barajaba todas las cartas. Pedimos superar la hegemonía de Estados Unidos y construir un orden internacional basado en reglas, instituciones y acuerdos multilaterales. Un mundo, en definitiva, donde nadie jugara solo.

Pedimos un mundo multipolar y obtuvimos un mundo multipolar. Pero no era exactamente este. La democracia global que ansiábamos se tradujo en más voces reclamando ser escuchadas, pero no en un compromiso real con los derechos humanos o las normas compartidas. El multilateralismo que imaginábamos no era el de pactos entre pocos, esferas de influencia reclamadas como patios de recreo o doctrinas Monroe en versión 2.0. Nuestro multilateralismo soñado era el de Magia Borrás, pero nos encontramos con el Magic 30.

Creciditos como somos ahora, podemos seguir agitando la varita y seguir confiando en que el público creerá nuestros trucos. O podemos, como ya hicimos de pequeños, convencernos de que este nunca fue el juego que pedimos. Pero convendría que tuviésemos cuidado y recordásemos lo que una vez pedimos en la carta a los Reyes Magos. A diferencia de los niños y niñas, los adultos podemos cambiar los regalos que no nos gustan. La pregunta es si esta vez aún estamos a tiempo de hacerlo, o si alguien, en un patio de recreo global, se ha llevado para siempre las cartas imprescindibles para que nuestros trucos funcionen.

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