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Opinión | El día del señor

València

Indios y mazas

Imagen de la Guerra Civil española.

Imagen de la Guerra Civil española. / Levante-EMV

Ya no sé qué parte de mis escondites infantiles eran una pieza de mi realidad y qué cacharro de dudosa procedencia seguía en pie a juicio del ama de la casa, mi madre. Lo cierto es que todo fue barrido por la demolición completa de la casa. Estábamos de reforma extrema. Pero antes de que nuestros recuerdos se transformaran en un montón de cascotes, tuve un trajín tremendo con mis pequeños y valientes aliados.

Mi padre era reacio a contarnos nada de los tres años de guerra y de los otros tres de añadidura triscando por Burgos y Soria, que no tienen playa. Comprendo el horror de unos reclutas que solo podían contar episodios chuscos y miserias por el rancho de cuando los dioses nacían en Extremadura y todos nuestros héroes eran bajitos.

Un día, de repente, mi padre decidió romper con su obstinado silencio y se adentró con algo físico al verme tan entusiasmado: “Es una maza de combatiente”, dijo mi padre con una sorna correctora de mi credulidad, que es lo que pasa cuando se agotan las balas y no hay fusil de repuesto, maestro armero.

La maza era elástica, de larga vara y remate en forma de balón de rugby. La madera me parecía un material lleno de nobleza y pensé para mis adentros: “esto se lo tengo que contar a mis chiricauas, a mis apaches y a mis seminolas, ellos no me han defraudado nunca. Bueno, están también El Capitán Trueno y sus amigos Crispín y Goliat”. Luego me enteré que El general Custer también fue abatido por una maza como imaginaba que era la mía, antes y después de verla. Manejaba el arma de guerra una india, una señora que los traía bien puestos. Ahora, por suerte, ya no matamos a nadie como no sean las víctimas de los tertulianos feroces que despiertan de su borrachera de sangre después de la siesta o al terminar la siesta del borrego. Creo que eso indica un camino y como la maza fue sepultada por los cascotes se ha cumplido la armonía del cuadro: allí es donde han de continuar sepultados con dignidad nuestros deudos, violentos como cosacos o tiernos como un violinista. Ni más, ni menos.

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