Opinión | Algo Personal
Rojos y piojos
Las palabras son lo que nos queda, lo que nadie nos podrá arrebatar mientras estemos vivos. Por mucho que las quieran pervertir con significados nuevos, seguirán siendo el territorio sagrado de la expresión democrática

El concejal de Vox en València, José Gosálbez. / Levante-EMV
Dicen que son líquidos los tiempos que vivimos, que los días y las horas se escurren en nuestras manos como el agua de antes de la dana. Pero no. El agua que chorrea en este comienzo de año no corre limpia. Está llena de barro. Tiene una textura de grumo podrido, como la que sale de los desagües atascados con restos de comida. Lo mismo pasa con las palabras, con las mentes chuchurrías de algunos personajes que confunden aposta los tiempos de antes y los que ahora vivimos como buenamente podemos o nos dejan.
Decía José Bergamín que las palabras son lo único que nos queda y acaban convirtiéndose en «efímeros despojos, huideros ecos que el viento apaga». Sí, eso lo escribía el poeta hace más de medio siglo y ahora esos despojos nos llegan en la voz grotesca y anacrónica de José Gosálbez, concejal en el Ayuntamiento de València. Es de Vox. Por eso, a lo mejor, las palabras le salen como de un pistolón falangista, llenas de pólvora que huele a tambores de guerra, a pobre cabra legionaria en un desfile de cornetas con vivas al Caudillo. No hablan los de Vox: escupen mierda.
El gobierno municipal de PP y Vox (tanto monta, monta tanto Isabel como Fernando) discutían hace unos días un documento sobre el empleo. La izquierda lo criticaba y cada cual esgrimía sus argumentos para defender o negar su contenido. Cosa normal en los debates. En su intervención, la boca del de Vox se le llenó de ese patriotismo verbenero que tanto les gusta a los del resentimiento: "la izquierda trae ruina y paro o, como dice el refrán español: en tiempo de rojos, hambre y piojos". Y se quedó tan pancho el hombre. Para nada las palabras se le atascaron en la boca. Eran como los crujidos viejunos del Alcázar de Toledo, sonaban con la ironía malapata de quienes se sienten orgullosos no sólo de haber ganado una guerra, sino de que los paredones de los cementerios y las cunetas se llenaran de rojos durante esa guerra y, sobre todo, después de la victoria de Franco en 1939.
No tienen remedio. Viven en la arenga permanente, en la veneración a las glorias de un pasado que nunca ha acabado de pasar, en el griterío al que nos tienen acostumbrados los herederos de la infamia. Se sienten orgullosos de esa infamia, de haber llenado las huertas de cadáveres y tiros de gracia, de tener en el salón familiar el retrato de su ilustre antepasado matador de rojos. Me lo dijo, en un pueblo de Castellón, una persona ya muy mayor al acabar mi conferencia: "usted ha podido decir lo que ha dicho porque en la guerra no matamos bastantes". Y también se quedó tan pancho el tío, como el concejal de Vox en el Ayuntamiento de València. Por cierto, que ese tal José Gosálbez ha salido varias veces en la prensa acusado de trabajar para otra empresa teniendo la dedicación exclusiva en el Ayuntamiento. Y es que, además de ultras, son gente que lo primero que has de hacer cuando te la encuentras sea donde sea es mantener fuera de su alcance la cartera. Miren Abascal, que lleva sin pegar palo al agua en toda su vida y viviendo de nuestros dineros.

Miguel Hernández. / Levante-EMV
Las palabras son lo que nos queda, lo que nadie nos podrá arrebatar mientras estemos vivos. Por mucho que las quieran pervertir con significados nuevos, seguirán siendo el territorio sagrado de la expresión democrática. Y cuando ya no estén quienes dejaron en lo más alto de la dignidad la fuerza de las palabras, como Bergamín y otros nombres que, como el suyo, formaron parte de un tiempo de rojos y de piojos, nos quedarán sus huellas, lo que vivieron y por lo que murieron, la memoria insurgente que el tiempo convertirá en un insobornable manual de resistencia.
Que un fascista como José Gosálbez forme parte de un Ayuntamiento democrático es una vergüenza para esa institución y para la propia democracia. Son los tiempos borrosos que vivimos como buenamente podemos o nos dejan. Los del desagüe atascado por la virulencia del resentimiento. Pero no saben, o no quieren saber, que ese resentimiento, enaltecido por Vox y PP en las instituciones, nunca podrá acabar con la fuerza de las palabras. Nunca conseguirán acallarlas. Siempre nos quedarán las palabras de nuestros muertos, asesinados muchos de ellos, muchas de ellas, en las cunetas o los paredones de los cementerios por quienes son el orgullo insano de los matarifes de la historia. Uno de esos muertos fue Miguel Hernández, poeta y comunista asesinado en una cárcel por el hambre, la tuberculosis y los piojos. Y traigo aquí los versos que él dedicó a Gustavo Adolfo Bécquer: "No, ni polvo ni tierra: / incallable metal líquido eres". Eso queremos ser: incallables, enemigos totales del silencio. Eso somos. Eso seremos en todos los futuros posibles o imposibles, para que las palabras no sucumban en la boca de gente como ese concejal que vive con el odio en las entrañas. Y también, por qué no decirlo, robándonos la cartera con el permiso de la alcaldesa de València y su equipo de gobierno, un equipo del que, para más sarcasmo, forma parte el de los refranes franquistas.
No sé si vivimos tiempos líquidos. Pero, aunque así sea, el agua que discurre no es la de antes de la dana. Baja llena de barro y lo mismo quieren hacer con las palabras: ensuciarlas para que cambien de sentido y signifiquen lo contrario de lo que en verdad siempre han significado. Estas que ustedes están acabando de leer son claras, más claras imposible. Eso sí, rojas y piojosas, como diría el concejal falangista. Que le den.
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