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Opinión

València

Lecciones desde la inmigración

Imagen de archivo de un rescate de inmigrantes en Lampedusa.

Imagen de archivo de un rescate de inmigrantes en Lampedusa. / CIRO FUSCO / EFE

Días antes de la celebración de la Navidad varios medios se hicieron eco de unos datos que afirmaban que por efecto de la polarización cinco millones de españoles han roto relaciones de amistad o familiares por discusiones políticas. Estamos hablando de una cifra nada desdeñable del 14 % de la población. Estos días me he parado a pensar, en más de una ocasión, si la prudencia, la inteligencia y el sentido común ha predominado en las mesas y reuniones navideñas. Uno de los temas más candentes y polémicos es la inmigración. Va a ser uno de los temas estrellas en este 2026. En torno a ella se repiten los mismos clichés de siempre.

Mariano Delgado, catedrático emérito de Historia de la Iglesia en la Universidad de Friburgo, publicó el 30 de diciembre una reflexión sobre el tema entre las dos posiciones dominadoras en la actualidad: los buenistas, aquellos que afirman que no hay ningún límite ni regulación a la inmigración a través de llamadas masivas transformando los mares en cementerios y, por otra parte, los tribalistas que identifican inmigración con delincuencia, constituyendo un peligro para el progreso y la seguridad de la sociedades de acogida. Delgado sostiene que tenemos que ir más allá.

Ese más allá va a significar uno de los retos y temas de nuestro tiempo. Una obviedad: la inmigración es un fenómeno humano necesario y universal, ya que detrás de ella hay circunstancias que empujan a las personas a arriesgar sus vidas porque en sus países de origen se han truncado sus proyectos de vida. Esto se ha dado siempre y bendito sea, con la ley en la mano, entrecruzando derecho y humanidad. Que no nos engañen unos y otros y hablemos desde la realidad y las historias de carne y hueso.

Una de esas historias me sucedió en Nochevieja. A media tarde, cuando el karaoke echaba humo, un buen amigo, me dice: “¿Me acompañas a visitar a un amigo?”. Estábamos a escasos km de su casa. En el trayecto me dijo que era cubano y había reunido a familiares y amigos de allí para despedir el año. Cuando llegamos lo que me sorprendió fue la acogida, la fraternidad que se respiraba. Después de las presentaciones salió el tema que tenía que salir, su condición de inmigrantes forzosos por una dictadura corrupta y miserable que ha destruido a toda una sociedad. En medio de sus abrazos, de sus buenos deseos, aprendí tres lecciones que salían constantemente de sus bocas.

La primera, valorar algo tan simple y cercano como tu familia. Que ya sea en Navidad o en un cumpleaños, el privilegio y la suerte de estar con los tuyos, donde han arraigado y crecido y que nada ni nadie altere lo que debería ser un derecho universal e inalienable.

La segunda, amar la tierra tan especial que tenemos. Me decían que Valencia era única, que lo teníamos todo, la gente, la comida, el clima, el trabajo, la seguridad, el bienestar… Cuánto lo damos por hecho y no es así.

La tercera, estar al tanto de aquello que decíamos al principio del enfrentamiento por ideologías. Su experiencia de una dictadura como la cubana se presentaba como advertencia ante el riesgo y el peligro de que la gente se odie y se separe por lo que piensa. Todos, de fuera o de casa, tenemos que amarnos y entendernos. Gracias Abilio.

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