Opinión
La máquina de purgar: radiografía de la "bolchevización" de Vox

El presidente de VOX, Santiago Abascal, participa en un acto electoral en el parque de las Siete Sillas, a 16 de diciembre de 2025, en Mérida, Badajoz, Extremadura (España). / Javier Cintas - Europa Press
La política española asiste a una contradicción fascinante y preocupante. Vox, el partido que ha levantado su bandera en la defensa de la nación, la libertad y el anticomunismo más férreo, está replicando en su interior el manual de “organización leninista” de aquellas vanguardias revolucionarias del siglo XX que tanto dice combatir. No es una cuestión de ideología, sino de método. Lo que numerosos analistas y crónicas ya describen sin tapujos como un proceso de "bolchevización" no es una metáfora casual, sino el diagnóstico de una deriva hacia un modelo interno centralizado, represivo y construido alrededor del culto a un líder incuestionable: Santiago Abascal.
El síntoma más evidente de esta transformación es la arquitectura del poder. La reforma de estatutos que eliminó las primarias y el blindaje de la dirección en la Asamblea de 2024 –donde Abascal fue refrendado con más del 90 % de los apoyos– no fue una mera actualización orgánica. Fue el acta fundacional de una estructura "casi monolítica", en palabras del politólogo Pablo Simón, una de las más piramidales y verticales de la reciente historia española. La maquinaria está diseñada para que la dirección nacional tome decisiones unilaterales, reduciendo a las bases a un papel de mera comparsa y anulando cualquier atisbo de debate democrático genuino. La lealtad incondicional al líder pesa hoy más que la experiencia, la implantación territorial o el capital político autónomo.
Pero la verdadera esencia de este nuevo modelo no se entiende sin observar su modus operandi: la purga sistemática, documentada en decenas de casos concretos que siguen un patrón repetitivo. La degradación y reciente expulsión de Javier Ortega Smith del Comité Ejecutivo Nacional marca un punto de inflexión. Smith, cofundador del partido y secretario general durante cinco años, fue primero apartado de la Secretaría General en 2022 en favor de Ignacio Garriga, luego relevado de la portavocía en el Congreso, y finalmente expulsado del órgano directivo. Fuentes internas citadas por El Confidencial señalaron que su error fue "construir un núcleo duro alternativo" y cuestionar la estrategia de negociación con el PP.
El caso de Iván Espinosa de los Monteros es igualmente significativo. El que fuera portavoz parlamentario y vicepresidente de Vox fue apartado de todas sus responsabilidades en julio de 2023, excluido de las listas electorales y, según relató él mismo en una entrevista en ABC, "ni siquiera recibió una llamada" para comunicarle la decisión. Su sustitución por Pepa Rodríguez, una figura con menos peso público pero de lealtad probada a Abascal, evidenció que el criterio de fidelidad primaba sobre la eficacia política.
La salida de Macarena Olona tras las elecciones andaluzas de 2022 sigue un guion similar. La entonces candidata, que había conseguido 14 escaños, anunció su "alejamiento de la política" después de lo que fuentes próximas a ella describieron como una campaña de desprestigio interno. Documentos filtrados a El Español revelaron que la dirección nacional había monitorizado sus declaraciones y ejercido un control exhaustivo sobre su equipo, limitando su autonomía hasta el punto del “asfixiamiento”.
En el ámbito territorial, el estallido en Castilla y León ofrece el ejemplo más nítido de cómo se replica el método. La dimisión en enero de 2024 de Juan García-Gallardo como vicepresidente de la Junta vino precedida por lo que él mismo calificó como "una guerra sucia interna sin precedentes". Según documentó El Norte de Castilla, al menos cinco procuradores críticos fueron expulsados del grupo parlamentario en los meses anteriores mediante un procedimiento express: se les retiró la firma digital para presentar documentos y se les conminó a dimitir o ser expulsados. Uno de ellos, Ángel Ibáñez, declaró que recibió la llamada de un cargo nacional advirtiéndole: "O te vas tranquilo o te vamos a hacer la vida imposible".
La Comunitat Valenciana no escapa de esa dinámica; se trata del caso de Elisa Núñez. Propuesta por Vox para Consellera de Justicia e Interior en el Consell PPCV-Vox en julio de 2023, nunca se sometió del todo a las directrices emanadas de Bambú, su sede madrileña, y fue cesada en julio de 2024 cuando los de Abascal abandonaron unilateralmente en Consell sin la posibilidad de seguir en el cargo cómo sí se les dio a otros “consejeros independientes” de otras autonomías. Pero lo que hace particularmente revelador el caso de Núñez es que demuestra cómo el mecanismo de ostracismo interno al que le sometió Bambú, opera incluso contra cargos con responsabilidad de gobierno y visibilidad pública.
El control se extiende también al ecosistema comunicativo. En enero de 2024, Disenso, la fundación intelectual del partido, despidió a Juan Carlos Segura, su director durante años, después de que este cuestionara en un informe interno la estrategia de alianzas con partidos europeos de extrema derecha como el alemán AfD. Paralelamente, medios afines como OKDiario o La Gaceta de la Iberosfera han silenciado sistemáticamente estas purgas mientras amplifican el relato de persecución externa, creando una realidad paralela donde la dirección aparece siempre como víctima acosada por "el sistema"
Aquí reside la gran paradoja, tan incómoda como reveladora. Un partido que se presenta como el dique de contención contra el totalitarismo está aplicando los mismos mecanismos que definieron a las vanguardias bolcheviques: la purga de cuadros, la eliminación del pluralismo, la concentración absoluta del poder y la sacralización del líder. El proceso incluso tiene su propia jerga: los críticos son "traidores", las discrepancias "desviacionismo", y la dirección se autoproclama "vanguardia" del movimiento. La "bolchevización" de Vox no es, por tanto, un eslogan retórico. Es la constatación de que un proyecto nacido con un discurso regenerador ha mutado en una formación autoritaria en su funcionamiento, donde la discrepancia se medicaliza como patología a extirpar.
La pregunta pertinente ya no es si Vox es de extrema derecha. Ese debate está superado desde que pasó a formar parte, en julio de 2024, del Eurogrupo “Patriots”. La cuestión urgente es hasta qué punto su lógica interna –la de la purga como herramienta de gobierno– es compatible con la cultura democrática que profesa defender en la plaza pública. Porque cuando un partido normaliza el ostracismo como respuesta a la discrepancia, la línea que lo separa de los viejos modelos autoritarios deja de ser ideológica. Se vuelve, simplemente, estética. Y en política, las estéticas pueden engañar, pero los métodos siempre delatan la verdadera naturaleza del poder. El verdadero "terror rojo" que denuncia Vox parece haberse instalado, irónicamente, en su propia casa.
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