Opinión
Sin objetivos

Imagen de un inversor de criptomonedas estresado y hastiado.
Objetivo es una palabra capciosa. Esconde siempre un fin, ningunea a menudo el camino. El objetivo malversa la acción e impone, maliciosamente, la dictadura del objeto, la esencia del neoliberalismo que ha acabado por transmutar en tecnofeudalismo. El objetivo motiva, dirán algunos. Si, es posible, pero bajo las fauces de la cultura de la rentabilidad y la competencia desmedida, modifica la esencia del movimiento y elimina el placer de hacer por hacer, de vivir por vivir, de ser sin necesidad de transcender.
Aplicaciones digitales como Goodreads o Bookshelf para contar los libros que se leen en un año (y que hace que muchos elijan volúmenes cortos para sumar rápido), Letterboxd para películas, Strava para compartir entrenamientos deportivos, Habitica para regular hábitos y aumentar la productividad, Moodpress para registrar el estado de ánimo, Monefy para los gastos o FatSecret para contar y controlar las calorías consumidas. Incluso SleepCycle para sondear las horas de sueño. Todo registrado, escrutado por otros.
Todo parece que debe ser medido hoy porque todo parece que debe ser sometido a la clasificación y al ranking público, donde ser pasa por acumular. Cientos de aplicaciones digitales para mostrar un currículum que nos ofrecerá (eso dicen) respetabilidad. Pero lo que no desvelan es que la presión por conseguir los malditos objetivos llega asociada a ansiedad, frustración y a un cambio comportamental que nos modifica en nuestro foro interno. Sin vida privada no hay libertad de ser, si todo está expuesto y siempre actuamos bajo el prisma y la opinión de los otros, la artificialidad se adueña de nuestras acciones. Incluso de las más nimias.
Si siempre actuamos con un objetivo, la culpabilidad por el incumplimiento será más recurrente que el placer por los éxitos porque el capitalismo consumista exige retos inabarcables e inacabables para ser rentable, acabando con el planeta y, antes, con nuestra salud mental por la exigencia de perfeccionamiento ante la agotadora comparativa.
No somos máquinas expuestas en un escaparate. La cultura no tiene por qué ser campo de competición, como tampoco el deporte (cierto deporte), viajar o la salud. En la dictadura de la productividad nos difuminamos como sujetos y somos solo objetos. Introducir objetivos en nuestra antaño vida privada hace de nosotros proyectos siempre por definir, cargados de frustraciones. Huyamos de las fauces de la productividad. Hagamos por hacer, disfrutemos por disfrutar. Calma y silencio.
