Opinión | Trencar l'enfit
La hora de la València más olvidada
Hay cuestiones que la gente normal no entiende. Por ejemplo, asfaltar y reasfaltar una misma calle del centro mientras hay barrios con fincas apuntaladas y en los que la última inversión de calado que vieron se realizó en pesetas. O que una estación de metro se pudra sin uso bajo tierra como si de restos visigodos se tratara.

Desembocadura del antiguo cauce del Túria, con Natzaret a la izquierda y el desaparecido Canta-ranes a la derecha. / Levante-EMV
Que la relación de València con su río es complicada y dolorosa se sabe y se sufre desde los inicios de la ciudad, en el año 138 antes de Cristo. Nacida como isla fluvial en medio de un inmenso enclave de marismas y marjales, romanos, árabes y cristianos lucharon durante siglos contra hordas de insaciables mosquitos y unas diabólicas avenidas de agua que se llevaban por delante cientos de vidas a razón de entre tres y seis acometidas por siglo. En siglo XX fueron dos las riadas más mortíferas, en 1949 y en 1957. En el XXI ya llevamos una, que ha ocasionado 230 muertos y daños incalculables, en el bolsillo y en el alma.
Pienso en todo esto mientras observo la desembocadura del antiguo cauce del Túria, entre los barrios de Natzaret y el desaparecido Canta-ranes en una tranquila mañana de domingo. 'La verdad es que no parece València', reflexiona en voz alta mi acompañante. Se explica y estoy de acuerdo con su argumentación: pocos metros más allá del puente de les Drassanes donde nos hallamos se levanta la Ciudad de las Artes y las Ciencias pero, entre uno y otro, el paisaje es de lo más desconcertante, por no decir deprimente, por su inmenso estado de abandono. Toda la luz y color, las aceras brillantes y los jardines cuidados del centro parecen encontrar su tope donde acaba el último ladrillo de la obra de Calatrava. A partir de ahí, empieza otro mundo, el de aquellos poblados golpeados por riadas, ampliaciones portuarias, circuitos de Fórmula 1, depuradoras, ZAL y grandes grúas, que expulsaron a gente de sus propias casas.
Desde l'Oceanogràfic hasta el mar se puede ver un extenso manto de maleza, asentamientos chabolistas, casas bajas tapiadas, solares abandonados, viejos depósitos oxidados, hierbajos creciendo salvajes entre los huecos que dejan las aceras y distancia, mucha distancia física y emocional con respecto a la ciudad de la cual dependen. Obviamente, esto no ha sucedido en un año, ni en tres, ni en cinco. Que la conexión de València con el mar parezca más una pocilga que un enclave digno de poner en valor es un dudoso mérito de muchas personas y muchos gobiernos. A cada uno, su porción de título honorífico.
Miren, señores y señoras, hay cuestiones que la gente normal no entiende. Por ejemplo, asfaltar y reasfaltar una misma calle del centro mientras hay barrios con fincas apuntaladas y en los que la última inversión de calado que vieron fue en pesetas. O, por ejemplo, que una estación de metro, esta vez en Velluters, se pudra sin uso y bajo tierra como si de restos visigodos se tratara, pese a la creciente y desesperante reivindicación vecinal de un más y mejor transporte público.
Todos los alcaldes y alcaldesas de València han dejado su huella con un proyecto transformador, independientemente de las controversias que hayan podido generar, desde la urbanización del antiguo cauce de Ricard Pérez Casado, la Ciudad de la Artes de Rita Barberá y la peatonalización del centro de Joan Ribó. A María José Catalá le queda la retadora y compleja de hacerse cargo de la parte más olvidada de la ciudad, la que toca con el mar. Y no tiene opción. El tranvía llega y, con él, llegarán los turistas, y a ver quién les explica a estos visitantes que la ciudad monumental y ambiciosa que acaban de ver mantiene escondida, sucia y maltratada una parte esencial de sí misma y, con ella, a sus vecinos. A ver.
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