Opinión | Bolos
El ruido del progreso ciudadano
La transformación urbana, impulsada por el mercado y la demanda, a menudo supera la planificación municipal, como demuestra el auge del Roig Arena

Vista aérea del Roig Arena y del barrio de Quatre Carreres. / Levante-EMV
Las ciudades se habitan sin pensar demasiado. Luego llega el mercado y las dibuja con oferta y demanda, bastante más veloz que la tramitación municipal. A los devotos del derecho al descanso urbano, solo avisarles que van con retraso. Si buscan silencio, siempre queda alguna de nuestras comarcas más despobladas, donde los recibirán con los brazos abiertos. Eso es el progreso. Y la historia aporta pruebas: ninguno de los miles de vecinos que ha tenido El Micalet durante siglos se atrevió a protestar por los repiques. Al contrario, más de uno se supo vivo gracias a la puntualidad del campanar de la Seu.
El Roig Arena, levantado en Quatre Carreres, ha sido un empujón definitivo para un distrito con vocación de arrabal. El pabellón ha convertido la zona en una pieza emergente de València, donde al estreno le ha seguido más hostelería y una mejora de servicios, desde la parada de la EMT hasta accesos más decentes. Un equipamiento privado que ha puesto en marcha un extrarradio, como ocurrió en Blasco Ibáñez —cuando todavía era camino al mar— con la llegada de las facultades.
Los límites del término municipal no suelen ser fotogénicos. Por eso casi nunca entran en las prioridades de las alcaldías, salvo cuando la presión promotora aprieta. Pasó con Bautista y Juan Soler en el Nou Mestalla, concebido justo en la entrada y la salida más colapsadas como una metáfora involuntaria de un relato envejecido. Bastó solo el anuncio para desatar una fiebre inmobiliaria por los bajos comerciales del entorno. Tanto que, antes de que asomara la primera excavadora, tres bares abrieron en las aceras de Nicolasi Benlloch. De eso hace casi veinte años. Tranquilidad: desde la primera piedra de la catedral hasta los primeros oficios pasaron casi dos siglos. Es verdad que ahora todo corre más, pero también hay bibliografía de sobra para desconfiar del entusiasmo municipal.
En mi caso, además, no hablo de oídas. Escuché en directo cómo Rita Barberá prometía que el primer partido en el Nou Mestalla sería una final de Champions en 2011. La ciudad, mientras tanto, siguió a lo suyo, vivir sin pensar y pagar la factura del diseño.
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