Opinión | Bolos
La geopolítica metropolitana de Pérez Casado
El alcalde Ricard Pérez Casado fue hábil para formar equipos y defender la democracia, incluso frente a la violencia callejera

Ricard Pérez Casado, en su tiempo de alcalde de València / José Aleixandre
La primera vez que entré en el despacho de Alcaldía del Cap i Casal fue hace cuarenta años. Ricard Pérez Casado aceptó debatir con un grupo de estudiantes reunidos en València en defensa de la universidad pública. Pronto quedó claro que el asunto central de aquel momento era el referéndum sobre la permanencia de España en la OTAN. Pérez Casado se declaró atlantista sin rodeos y lo argumentó con tal claridad pedagógica que, estoy convencido, influyó en más de un voto para ganar aquella consulta de 1986. Hablamos más de geopolítica que de urbanismo, aunque quizá sea lo mismo.
Su legado político se asocia a la València que hoy disfrutamos. También a un gesto que reforzó su perfil propio, aquella dimisión del 30 de diciembre de 1988. Quienes trabajaron con él suelen destacar, sobre todo, su capacidad para formar equipos solventes, preparados y con criterio, incluso para discrepar. No es casual que las figuras ilustradas escuchen más, aunque también existe la excepción. En lo concreto, su etapa arranca con la recuperación del viejo cauce, continúa con el Palau de la Música y avanza con la conexión de la ciudad con el mar. Todo ello bajo una idea de modernización que entendía València en clave metropolitana.
Aquel primer encuentro dejó otra impresión, su convicción socialdemócrata, hoy poco frecuente tras la deriva populista, y una defensa cerrada de la institucionalidad democrática, como la decisión de retirar la estatua del dictador Franco de la plaza municipal, pese al clima de violencia callejera de la conocida como ‘batalla de València’. El poder, además, suele generar rivalidades innecesarias, casi siempre dentro de las propias filas; como en su caso. Y al mismo tiempo contribuyó a prestigiar la Alcaldía, elevando el papel de quien guarda las llaves de la capital del reino al nivel de otras grandes instituciones.
La diferencia entre celebridades y periodistas es sencilla: nuestra luz es corta. Contamos la ciudad real, también la que algunos prefieren maquillar, mientras los buenos alcaldes planifican tanto el bienestar público que sus sucesores pueden gobernar varios mandatos si no deshacen lo hecho. He vuelto a ese despacho por segunda vez hace apenas unos meses. La conversación también fue interesante. Será, quizá, el efecto del efluvio pirotécnico.
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