Opinión
Tempus fugit

Imagen de archivo. / ED
En el pórtico del Año Nuevo es habitual una mirada retrospectiva sobre los últimos doce meses. A menudo en estas fiestas de fin de año se recurre sin saberlo a los versos de Ovidio y Virgilio. Quien más o quien menos suele recordar que “los años se van como el agua que corre” (Ovidio, Ars amatoria,3,62) o que “el tiempo se escapa irremediablemente” (Virgilio, Geórgicas, 3,284). Estas referencias son lugares comunes mientras se toman los dulces y se brinda con cava. Tales reflexiones momentáneas sobre la fugacidad de la vida suelen acompañarse con otras sobre la incertidumbre que despierta el futuro. Y también en este caso se acude a la sabiduría clásica que nos invita a vivir el presente y a hacer los menos planes posibles para el mañana (Horacio, Odas, 1,11,8). Tempus fugit y carpe diem son dos ejemplos de cómo las lenguas clásicas, mal llamadas muertas, lejos de ser cadáveres toman presencia viva en la cena de Nochevieja.
Si de la poesía pasamos a la pintura, la referencia obligada es el reloj de arena cuyo significado iconográfico es el paso del tiempo que se nos escurre de las manos sin vuelta atrás. No por casualidad el año que finaliza se representa con un viejo de barba blanca que porta un reloj de arena a punto de consumirse. En las vanitas, género pictórico que evoca la caducidad de la vida, se recuerda que el tiempo convierte en polvo placeres y posesiones. Un cuadro que bien refleja esta idea es el retrato de dos diplomáticos franceses que pintó Hans Holbein en 1543 y que lleva por título Los embajadores. En el estante en el que se apoyan las dos figuras masculinas aparecen instrumentos para observar las estrellas, medir el tiempo, calcular fechas, un crucifijo, un broche de oro y un laúd roto. Pero lo más sobresaliente es el objeto extraño que se sitúa a los pies de los embajadores y que observado desde un determinado ángulo se descubre que es una calavera que nos indica que un día todos hemos de morir.
Lo cierto es que estos referentes citados, que compartimos por nuestra condición humana, opacan otros enfoques y dejan sin representatividad el discurrir del tiempo en las vivencias femeninas. Quiero decir que en la historia de la cultura se ha ignorado la herencia de nuestras madres. Fue Virginia Wolf quien por primera vez en su ensayo Una habitación propia (1929) señaló la ausencia de modelos femeninos para entrar en contacto con el pasado y reivindicó la necesidad de una genealogía femenina en la escritura. Esta idea tomó realidad en las artes visuales con la instalación La cena (1973) de Judy Chicago. La artista creó una mesa en forma de triángulo equilátero en la que sienta a cenar a treinta y nueve comensales y en la que cada uno de los cubiertos está vinculado a una mujer célebre de la historia o de la mitología. Cabe destacar que esta pieza se alza sobre una superficie de azulejos que se conoce como “el suelo de la herencia” y en donde aparecen escritos en letras doradas novecientos noventa y nueve nombres de mujeres. De este modo aspiraba a reescribir la historia desde el punto de vista de quienes han tenido siempre que preparar la comida y servir la cena.
El caso es que a la búsqueda de una genealogía femenina se incorporó recientemente la instalación creada por Manola Roig Celda (Nela), titulada Vanitas vanitatum et omnia vanitas (2025), en la que los objetos dispuestos mantienen una secuencia narrativa propia de su historia matrilineal. Los collares, los pendientes, las pulseras abandonan su carácter ornamental y mercantil y en un acto de recursividad, en la que se contiene a sí misma y a sus antepasadas, la artista se retrata como su tatarabuela e incluye esa fotografía performativa dentro de la obra a fin de mostrarse heredera de un pasado compartido del que no quiere desprenderse. Con todo, el elemento conceptual que sobresale es la frase latina que aparece bordada y da nombre a la instalación. La elección del bordado tiene su explicación en la vuelta a un tiempo pausado y meditativo a contracorriente de la inmediatez y rapidez de los tiempos actuales. El elogio de la lentitud se acompaña del ritmo de la canción As time goes by que puede escucharse si se desea mediante un QR con el que la experiencia estética se completa. No cabe duda que esta forma de traer a la memoria el pulso de la vida, sin olvidar su belleza fugaz, representa un memento mori más próximo a la herencia de nuestras madres y ofrece la ocasión para ampliar referentes y comprender la historia desde ambos lados de la mesa.
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