Opinión | En el barro
Un ilustrado frente a la caverna y el “entorno fraccional”
Tiempos duros, los de una transición valenciana cargada de violencia (de baja y alta intensidad), pero tiempos también de oportunidad para una ciudad entre el provincianismo y el fulgor de la modernidad

Pérez Casado, con Ciprià Ciscar, Andreu Alfaro y Carmen Alborch. / MANUEL MOLINES
Un botón perdido y unas gafas rotas. Ese era el resumen que Ricard Pérez Casado hacía 40 años después, con una media sonrisa socarrona muy característica, del Nou d’Octubre de 1979. El de su debut como alcalde. La primera imagen al pensar hoy en Pérez Casado, al conocer su muerte, es la de esas fotos en blanco y negro que manoseábamos en sobres viejos en la redacción: entre una multitud acalorada, protegido por algunos leales de su equipo, se ve con gesto agobiado a un hombre joven con gafas y media melena. El aspecto de un ilustrado un tanto fuera de tiempo y lugar: un historiador licenciado también en Políticas que había participado en la aventura valencianista del PSV (germen del PSPV) y que había publicado ya algunos libros. Ese era el perfil del alcalde que aquel Nou d’Octubre tuvieron que llevar por calles adyacentes al recorrido oficial, pero no se libró de empellones e insultos.
Tiempos duros aquellos en los que se lanzó un proyectil incendiario que quemó la cuatribarrada del balcón municipal y algo también de la española, que (esta sí) fue repuesta enseguida. Por lo que pudiera pasar. Años después, el alcalde recordaba la advertencia de Milans del Bosch, el golpista hosco del 23F, de recuperada actualidad por Anatomía de un instante: “Me dijo que dispararían si alguien quemaba la de España”.
Pérez Casado llevaba cuatro días en el despacho de alcaldía aquel Nou d'Octubre. Menudo debut para alguien que llegaba tras una sucesión de acontecimientos insospechados: de ir en la cola de la lista del PSPV en las primeras elecciones municipales a ser el número dos por afinidades complejas de explicar y de eso a reemplazar al alcalde Martínez Castellano a los seis meses de estar en el cargo tras salir este por la puerta de atrás.
Tiempos duros. Tanto que un sabio local como Manuel Sanchis Guarner recibía bombas e insultos. Hasta en su funeral, en 1981, en el que la comitiva acabó dispersa y el ataúd pasó ante aquella cruel pintada: “Per fi has caigut”.
“Cavernícolas”, decía Pérez Casado acerca de toda aquella tragicomedia de la batalla de València de aroma reaccionario
“Cavernícolas”, decía Pérez Casado acerca de toda aquella tragicomedia de la batalla de València de aroma reaccionario. Lo decía 45 años después, en abril pasado, en una aparición pública, ya enfermo, que algo ha querido que sea la última. El motivo era la reedición de La ciutat de València de Sanchis Guarner, aquel al que un casi adolescente Ricard visitaba en su piso de la plaza de Cánovas. Y la reedición corría a cargo del “nebot” Josep Vicent Boira (sobrino es un decir; el tío de Boira era Vicent Maiques, secretario personal de Casado en 1979). Todo un círculo que se cerraba décadas después.
Tiempos duros, aquellos de la transición, cargada de violencia (de baja y alta intensidad, con ETA cerca), pero tiempos hermosos también, de oportunidad de transformación de una ciudad entre el provincianismo y el fulgor de la modernidad. Tiempo de diseñar una urbe diferente: el PGOU, el jardín del Túria, el Palau de la Música y el IVAM son productos de esa década entre 1979 y 1989 de Pérez Casado como alcalde. Personajes como Carmen Alborch, Ciprià Ciscar y Javier Solana fueron la contraparte necesaria en cargos culturales en otras administraciones. Y Pasqual Maragall en Barcelona, siempre cerca, aliado y confesor.
Su discrepancia de la dirección del partido y del Gobierno de España suena actual en tiempos en que dominan los alineamientos con las cúpulas
Tiempos duros en los que la política como utopía ilustrada empezó a quedar atrás. La salida de la alcaldía de Pérez Casado se desarrolló en esas coordenadas de discrepancias crecientes con la dirección del PSPV y con el Gobierno de España, al que pedía compensaciones cuando las inversiones se inclinaban hacia Barcelona, Sevilla y Madrid con toda la parafernalia del 92. Lo contó sin pelos en la lengua en sus memorias políticas y suena actual (moderno incluso) en tiempos en que dominan los alineamientos con las cúpulas políticas. Lo dijo hablando de ese “entorno fraccional” que ha marcado la historia del PSPV y que es seña de identidad en las izquierdas.
Ahora que ha muerto, reviso los últimos correos electrónicos con el exalcalde. Son de final de 2022. El motivo era un texto sobre el último Joan Fuster, el intelectual poco doctrinario y más bien desencantado de los años finales, al que se refería como “amigo”. Eso y una entrevista que nunca fue. Pérez Casado rechazó todo. Estaba “de periodo sabático”, decía con una sorna amable. Tiempo sabático, el de ahora. Ojalá al menos no sea el tiempo antes de que vuelva "la pus" de la que hablaba en esa última aparición pública.
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