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Opinión

Ricard y el sueño vigente de la Gran València

Su fallecimiento nos deja huérfanos no solo de un alcalde excepcional, sino del político que mejor supo imaginar la ciudad que queríamos ser

Ricard Pérez Casado, alcalde de València desde 1979 hasta 1989

Ricard Pérez Casado, alcalde de València desde 1979 hasta 1989 / L-EMV

Italo Calvino escribió en su diálogo entre Marco Polo y Kublai Kan que las ciudades, como los sueños, están construidas de deseos y de miedos. Hay ciudades que se transforman por inercia del tiempo. Y hay ciudades que se transforman porque alguien tuvo el coraje de imaginarlas distintas. València pertenece a esta segunda categoría, por la visión de Ricard Pérez Casado. Su fallecimiento nos deja huérfanos no solo de un alcalde excepcional, sino del político que mejor supo imaginar la ciudad que queríamos ser, y en un momento decisivo.

Pérez Casado tuvo que construir esa ciudad desde el deseo (una València habitable, europea, democrática) venciendo los miedos de un tiempo marcado por la violencia reaccionaria, las resistencias del pasado y hasta un golpe de Estado por el que desfilaron tanques en nuestras avenidas. València despertaba a la libertad tras cuatro décadas de silencio forzado, estrenaba instituciones propias, aprendía a gobernarse a sí misma. Transformar una ciudad en plena Transición no era solo cuestión de obra pública. Era imaginar desde cero qué significaba ser una capital moderna y mediterránea. Lo hizo acompañado del president Lerma, en un proyecto común de autogobierno y mirada europeísta. Y lo hizo escuchando. Escuchando las reivindicaciones vecinales que pedían una ciudad vivible, conectándolas con las corrientes más avanzadas del urbanismo occidental. Asumió esa responsabilidad histórica e hizo el viaje desde la ciudad provinciana del franquismo a la ciudad abierta y democrática que habitamos hoy.

Junto a Tierno Galván y Maragall, formó parte de esa generación de alcaldes socialistas que transformaron España desde los ayuntamientos. En València levantó una red de agua potable digna de una gran urbe, un Palau de la Música que democratizó la cultura, carriles bici cuando la bicicleta aún era marginal. Infraestructura frente a grandilocuencia, lo necesario frente a lo espectacular. Y también definió una València europeísta y mediterránea a la vez, vinculada a todas las riberas de ese mar que nos ha convertido en lo que somos a través de la Mostra, el Encontre d’Escriptors del Mediterrani o el PGOU que fijó la filosofía urbanística de la ciudad. Ricard construyó sobre todo una idea: que la ciudad debía ser para las personas, no para los coches ni para la especulación.

El Jardín del Turia condensa esa visión mejor que ninguna otra obra. Donde la derecha veía una oportunidad para las autopistas (“el camino del agua convertido en camino de gasolina”, anunciaba como un elogio La Gaceta Ilustrada), Pérez Casado tuvo la audacia de imaginar lo contrario: un pulmón verde que atravesara la ciudad entera, convirtiendo la cicatriz de 1957 en el corazón de València. Aquella elección definió qué ciudad queríamos ser. Debates que hoy mismo se repiten. En la culminación de su legado del Jardín del Turia con el Delta Verde. En un Corredor Verde reivindicado hoy, como entonces con el río o “El Saler per al poble”, desde el clamor vecinal. Donde impulsó los carriles bici, otros combaten ahora la Zona de Bajas Emisiones. Y enfrente, casi medio siglo después, el mismo negacionismo, las mismas resistencias anacrónicas.

Pérez Casado defendió su ciudad soñada con valentía. Sufrió en la Batalla de València la violencia de quienes agitaban símbolos para dividir, retiró los símbolos del franquismo enfrentándose a la nostalgia más reaccionaria. Nada de lo que conquistó fue fácil, pero era necesario y valía la pena. Aguardaba dinamismo, futuro y esperanza.

Más tarde llevó esa experiencia transformadora más allá de nuestras fronteras. A la reconstrucción de Mostar tras la guerra, a la cooperación internacional, a proyectar València en el Mediterráneo y en el mundo. Siempre defendiendo que la visión local y universal formaban parte de un mismo empeño.

Ricard Pérez Casado construyó València desde el deseo, venciendo los miedos. El mismo deseo sigue guiando nuestro proyecto de ciudad. Una València abierta, justa, habitable, que elige siempre a las personas frente al asfalto. El recuerdo de su legado no es solo un homenaje, sino la inspiración para el vigente sueño socialista de la Gran València.

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