Opinión
La València de hoy nació con Ricard Pérez Casado
Me enseñó que poner la cultura en el centro de nuestras prioridades políticas no era un pecado de la gauche divine, sino una necesidad

La vida de Pérez Casado, en imágenes / Levante-EMV
No todas las personas que gobiernan una ciudad la transforman. Ricard Pérez Casado sí lo hizo.
No solo fue el primer alcalde democrático de València tras la dictadura. Fue mucho más que un hito institucional: fue quien sembró las raíces profundas de una ciudad moderna, verde, abierta, habitable y con alma de la que seguimos profundamente orgullosos.
Con su pérdida, se va una figura clave de nuestra historia reciente, pero también una oportunidad para revivirlo a través de su legado y recordar que otras formas de mirar València son posibles.
Ricard no gobernó para el titular ni para la inmediatez. Gobernó para la posteridad. Pensó en largo, en la ciudad como un hogar compartido imperecedero. Y tuvo que hacerlo con pocos recursos y con muchas resistencias. Sin redes. Sin escudos. Solo con ideas.
Y demostró que ser valiente era la decisión más inteligente. Le plantó cara a la “ciudad monstruo” que de la que Sanchís Guarner nos advirtió. Esa ciudad expansiva, especulativa, que engullía huerta, barrios y memoria. La combatió con planificación, con cultura, con justicia urbana. Con un modelo de ciudad que ponía límites al cemento y horizonte a la convivencia. Y eso, en el contexto que vivimos hoy, es más revolucionario que nunca.
Porque antes de que hablar de sostenibilidad estuviera de moda, Ricard soñó con una València sin autopistas interiores. Y convirtió ese sueño en el Jardín del Túria, ese milagro urbano que hoy nos parece natural, pero que solo fue posible gracias a su determinación.
Defendió y protegió El Saler cuando era más rentable proteger el ladrillo no solo económicamente sino también socialmente.
No necesitó levantar grandes iconos vacíos para dejar huella. Porque su huella está en cada árbol del río, en cada banco de plaza, en cada risa de un niño en el Guilliver, en cada caminata por el paseo marítimo o en cada nota musical del Palau de la Música.
Tuve la suerte de sentirme acompañada por su ejemplo. Me inspiró a ser valiente. A defender el corredor verde para los barrios del sur, a luchar por el gran delta verde del Grau, a peatonalizar nuestras plazas, a creer que proteger el territorio y dignificar los barrios no es una renuncia al progreso, sino la forma más inteligente de hacerlo.
Me enseñó que poner la cultura en el centro de nuestras prioridades políticas no era un pecado de la gauche divine, sino una necesidad. Porque la cultura define el relato colectivo de una ciudad y sin ella no hay identidad, no hay memoria, no hay comunidad.
Ricard no fue un político efímero. Fue una brújula. Durante décadas, su legado nos ha servido al PSPV-PSOE como la mejor promesa electoral posible: señalar lo que se hizo bien para recordar que una ciudad puede cambiar con políticas valientes, con manos limpias y con mirada larga.
Gracias Ricard por entender que València no es solo un espacio físico sino un proyecto de vida colectiva.
Gracias por demostrar que lo importante no es inaugurar, sino construir. No es brillar, sino permanecer.
Gracias por ser apoyo, referente y compañero.
Y quizá, como ciudad, tengamos también una forma concreta de agradecerle todo lo que hizo por València. Una manera sencilla pero profundamente simbólica: dar su nombre a una de las calles que abrazan nuestro río Turia.
La calle Alcalde Reig, por ejemplo, que discurre junto al parque Gulliver —ese regalo urbano que tantas generaciones hemos disfrutado gracias a su visión— sigue hoy llevando el nombre de un alcalde franquista. Cambiarlo por el de Ricard Pérez Casado sería un acto de memoria democrática, un homenaje coherente con la ciudad que él nos ayudó a construir.
Ricard, hoy València te llora, pero también te celebra.
Y quienes creemos en la política como herramienta de transformación, te vamos a seguir reivindicando.
Porque tu legado no es pasado: es horizonte.
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