Opinión | Traspapelado
¿Por qué nos reímos tanto de este tiempo?
La cuestión es si estamos ya en tiempo de trampantojos cinematográficos y literarios para no molestar ni herir sensibilidades dominantes. Si es así, será una prueba más de que el autoritarismo se va imponiendo y el miedo va haciendo lo suyo

Las actrices y el director de 'Una batalla tras otra' tras ganar los Globos de Oro. / RAFAEL TAPOUNET| CHRIS TORRES
Una batalla tras otra ha sido la película triunfadora de los últimos Globos de Oro y ya es la favorita de los próximos Óscar. Ha ganado en la categoría de mejor película de comedia. Dice mucho. Porque el asunto de fondo no parece de risa: la persecución en Estados Unidos de los parias extranjeros. Muy de actualidad ahora que se practican redadas a lo grande en distintas ciudades, con pistoleros incluidos en nombre del Gobierno y muertes reales, como la de Renee Nicole Good, poeta y guitarrista ocasional. La película de Paul Thomas Anderson encaja en un género que se va imponiendo: la sátira política. A mí me deja el regusto de la reciente Eddington (con más exageración esta, que para eso está Joaquin Phoenix) y de la más antigua No mires arriba, también con Leonardo DiCaprio. Son formas de acercarse al tiempo presente (tan hosco) desde una combinación de comicidad e hipérbole. Si tuviera que meter todos estos productos audiovisuales (y también alguno literario, como las novelas de Percival Everett: Los árboles, Cancelado…) en un cajón le pondría la etiqueta de un género antiguo y desgastado: tremendismo. Por lo grotesco del material ofrecido, no por el realismo. La realidad tiene un aroma distópico en todas estas producciones gracias a la exageración y al humor vía sátira, que genera un efecto de distanciamiento. Como si fuera otro mundo. U otro tiempo. Eso me parece, si permiten la digresión poco académica, más a flor de piel que preñada de teoría. Estas películas (y estas novelas) consiguen un efecto perturbador: es evidente que llaman la atención sobre unos acontecimientos, pero me queda la sospecha de que el elemento crítico, si lo hay, se diluye. Quizá no tenga relación, pero la gala del otro día de los Globos de Oro fue de las más asépticas de los últimos años. Extraña cosa cuando el agente naranja (ya saben de quien hablo) no hace más que calentar el planeta, pero es así. La comedia siempre ha tenido ese valor de enmascarar la crítica, sin dejar de ofrecerla, desde los bufones del Medievo. También de hacerla más digerible, e incluso más atractiva. Más aceptable para el gran público. ¿Sermones ahora? Ni pensarlo. La cuestión es si estamos ya en tiempo de trampantojos para no molestar ni herir sensibilidades dominantes. Si es así, será una prueba más de que el autoritarismo se va imponiendo y el miedo va haciendo lo suyo por nuestras venas. Quizá solo se trata de mostrar que estamos, sobre todo, perdidos, buscando algo donde sujetarnos. Y así nos quieren dejar estas obras: apocalípticos y desorientados.
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