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Opinión

València

Julio Iglesias, proteger al mito y desacreditar a la mujer

Julio Iglesias rodeado de mujeres

Julio Iglesias rodeado de mujeres / Levante-EMV

No es solo Julio Iglesias. No es solo una biografía puesta en duda. Es un patrón. Uno viejo, persistente e incómodo: hombres poderosos que durante décadas han sido intocables mientras las mujeres que los señalan son ignoradas, desacreditadas o directamente ridiculizadas.

Julio Iglesias es nuestro cantante más internacional, un mito construido a base de superación, éxito, carisma y una masculinidad celebrada como aspiracional. Su figura encajaba a la perfección en un relato cultural que glorificaba al seductor y normalizaba la desigualdad de poder como si fuera parte del espectáculo. Julio Iglesias era, hasta el martes, un icono cultural elevado a categoría casi sagrada. Hoy, las denuncias y acusaciones de agresión sexual, agrietan ese relato y, por decirlo pronto y claro, hacen que su figura de asco.

Cada vez que una mujer acusa a un hombre poderoso, la reacción se repite con precisión matemática: se duda de su palabra, se analiza su pasado y se cuestionan sus intenciones. A él, en cambio, se le protege con el peso de su prestigio y su talento . Vamos, como si el poder y el éxito le otorgara al abuso inmunidad moral.

El paralelismo con el caso de Plácido Domingo es inevitable. Otro icono cultural, otro orgullo nacional, otro hombre acostumbrado a un entorno donde decir ‘no’ tenía consecuencias. En ambos casos, más allá del desenlace judicial, las denuncias revelan formas de actuar inaceptables.

Me gusta la música de Julio Iglesias y la seguiré escuchando. Como hombre, lo desprecio. Vaya por delante que no se trata de borrar trayectorias. Ese argumento, repetido hasta el agotamiento, solo sirve para desviar el foco. Nadie está juzgando canciones ni discos; se están señalando comportamientos. Y confundir ambas cosas no es ingenuidad: es una estrategia de defensa del statu quo.

La verdadera incomodidad no está en que los mitos caigan, sino en aceptar que se sostuvieron sobre un silencio impuesto. Que muchas mujeres callaron no porque no tuvieran nada que decir, sino porque sabían lo que les esperaba si hablaban: descrédito, aislamiento, ataques. Porque ese es el precio de enfrentarse al poder.

La presunción de inocencia es un principio legal incuestionable. Pero no debe convertirse en una mordaza social ni en una excusa para despreciar testimonios. Escuchar a las mujeres no es condenar; es empezar, por fin, a equilibrar una balanza que ha estado inclinada durante demasiado tiempo.

Julio Iglesias no es solo un artista cuestionado. Es el reflejo de una cultura que confunde admiración con impunidad. Y mientras sigamos defendiendo mitos antes que dignidades, el mensaje seguirá siendo que el poder perdona a los suyos y deja solas a quienes se atreven a señalarlo.

Quizá el verdadero escándalo no sea que los mitos caigan. El verdadero escándalo es que hayan tardado tanto.

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