Opinión
El viajero mental
Este nuevo libro de Juan Arnau, El viajero mental (Una historia de la psicodelia)[Barcelona, Galaxia Gutemberg, 2025] significa un paso más en la elaboración de su pensamiento en marcha, de su «sistema sin sistema», digamos, porque su autor descree de las rigideces de esa filosofía que se esfuerza por elaborar un modelo interpretativo en el que encajar después el mundo, en lugar de observar el mundo y más tarde elaborar su modelo de interpretación.
Desde hace mucho tiempo, a través de sus luminosos ensayos (como, por ejemplo, en Materia que respira luz, Ortega contra el racionalismo, o La meditación soleada, por citar tan sólo algunos títulos de su abundante obra), Arnau se opone a la visión del mundo que tratan de imponernos la ciencia y la tecnología: una visión reducida y reductora, hecha a la medida del racionalismo y que pretende hacer hablar al universo con el lenguaje de las matemáticas, por decirlo de alguna manera.
Siempre en contacto con las cosmologías de la India, Arnau es partidario de una filosofía portátil y humanista, una filosofía de andar y ver, carnal, repleta de intuiciones acerca de mil asuntos, con una constante capacidad poética, porque el mismo universo se expresa a través de la imaginación. La prosa de Juan Arnau (de una brillantez y eficacia extraordinarias) consigue siempre que sus lectores entendamos con facilidad asuntos que resultan a veces muy complejos.
Uno de los postulados básicos de este nuevo ensayo consiste en explicar la idea de que nuestra conciencia no es sino una filtración de la conciencia cósmica. La experiencia psicodélica -gracias a las llamadas «plantas de los dioses», derivadas de cactus, lianas, cáñamo y hongos, que poseen principios psicoactivos- consigue abrir las puertas de la percepción, para acercarnos a esa conciencia armónica de la que el individuo no es más que una vibración.
El psiconauta, el viajero mental, se sirve de las daturas, los psilocibios, la ayahuasca o el peyote como facilitadores de la mente extendida que aspira a participar de la conciencia. En la línea de las teorías del biólogo Stefano Mancuso, Arnau defiende el modelo descentralizado (sin cerebro, sin burocracia) de las plantas, que son el mejor ejemplo en el planeta de esa mente extendida. Las plantas, de las que se derivan los estados alterados de conciencia, saben imitar, poseen memoria, tienen espíritu colaborador con otras especies y saben moverse, a pesar de estar enraizadas.
El estudio que Juan Arnau hace de grandes psiconautas (William Blake, que no necesitó recurrir a los facilitadores psicodélicos, porque poseía la «segunda visión» de forma natural; Aldous Huxley, María Sabina, Albert Hoffman, Henri Michaux) nos enseña un universo radicalmente distinto a la visión moderna del cosmos, porque, como afirma el autor de la mano de la poesía, en el pecho del ser humano viven todas las estrellas.
