Opinión | En el barro
Volver a conjugar el verbo progresar
Soy fruto de ese progreso que un obispo carca dice que es el dios falso de la cultura dominante. ¡Qué mundo tan dislocado si el progreso es el demonio!

Donald Trump, ante la ventana del Despacho Oval de la Casa Blanca. / Al Drago
A veces solo hace falta abrir la puerta para encontrar el mundo de hoy. La mañana aún no ha recibido al sol. Las farolas gobiernan una plaza que renace cuando se acerca la hora del instituto. Dos críos, cuesta llamarlos adolescentes, de negro (como casi todos), con sudadera y cabeza cubierta (como casi todos), fuman el primer y oloroso canuto del día al lado de una bebida energética (Toro Loco, el nombre habla). Ganas de decirles que están opositando a arrepentirse dentro de treinta años. Callo. No se necesitan más vigilantes de la moral. Un hombre espera en otro banco, encogido, hasta que aparece una adolescente. Ella se acerca, él se levanta, se saludan cercanos y familiares (cuando no hace falta retórica), y ella continúa presta su camino para reunirse con las amigas que la esperan al otro lado. Diez, quizá quince segundos de encuentro, tras diez, quizá quince minutos de espera. Interpreto que es un padre separado cuidando vínculos, o reconstruyéndolos, quién sabe. Un joven ya en edad de trabajo cruza con un patinete. Es preciso en sus rutinas: frena y, sin apearse del artilugio, roza con sus dedos la puerta dorada de la iglesia. Fetiches. Creencias. Una mujer con velo acompaña a su hijo hasta la entrada de la plaza, allí lo contempla hasta que desaparece en la última calle antes del instituto. Detrás va un chaval con un vistoso turbante de los sij. Otra madre camina, como cada día, cogida del hijo que le habla cercano, le sonríe y la busca porque ella son los ojos de lo que él ve con dificultad. Han pasado cinco minutos. No ha pasado nada. Y ha pasado todo. 2026. El mundo que se despereza, a escala humana.
En la tele el mundo parece otro, guionizado por no se sabe qué mente podrida. Es de película. La anexión de un territorio manda en los noticiarios y esto no es el siglo XIX. ¿Por qué? “Lo necesitamos”. ¿Para qué? “Seguridad nacional”. No caben más concreciones. Como si rigiera otra realidad paralela, fuera del alcance mental del común de los mortales. Como si el espectáculo no pudiera parar. Hollywood ha conquistado el telediario. Un presidente de un país capturado y trasladado a otro casi en retransmisión en directo: por si fallaba, solo vimos a los agentes naranja contemplando, ellos sí, sin corbata, la operación como un partido de fútbol. Oriente en llamas. Pasó Gaza. Ahora es Irán. Estalla. Lo más inquietante es pensar qué vendrá mañana. El show no puede parar. La velocidad es el primer enemigo de los organismos internacionales del siglo XX, sin capacidad ni ánimo de reacción, adormecidos ante el espectáculo.
Lo más inquietante es pensar qué vendrá mañana. El show no puede parar. La velocidad es el primer enemigo de los organismos internacionales del siglo XX
Sí, el mundo de hoy, distópico, alucinado y grotesco, como salido de la casa de los espejos de las ferias de verano. Sí, la realidad de hoy, llena de turbiedades e imágenes tóxicas. El mundo de los patinetes, los riders y la comida precocinada; el mundo de las habitaciones en alquiler, coworkings, colivings y otras formas de malvivir; el mundo de los paquetes casi instantáneos comprados desde un teléfono donde cabe una vida; el mundo de los viajes baratos y los turistas a granel… Sí, la vida de hoy, acelerada y sin margen para la parada. Un bucle agónico. Pero si alguna vez consigues encontrar el freno, puedes comparar lo que hay con el mundo de nuestros padres. El mío nació a unos cientos de kilómetros de aquí entre las ruinas que dejó una guerra salvaje, abandonó el colegio a la fuerza cuando aún era un niño, trabajó en el campo, pasó noches enteras lejos de casa, soportó enfermedades sin medicinas, tuvo que ir lejos para buscar el futuro en otro lugar, trabajar sobre un andamio años y años, ignorar vacaciones (no conoció a un avión hasta pasados los sesenta) y así, sin saberlo, aprendió a conjugar el verbo progresar y pudo descubrir unas comodidades que aún le cuestan, que son más nuestras que de él. Yo sigo allí donde nací, pude estudiar hasta alargar la veintena entre pupitres, apuntes, sueños, cafeterías ruidosas, libros y cines. No he sufrido tiranos y he pisado otros continentes en busca de aún no sé qué. Se puede decir que soy fruto de ese progreso que hoy un obispo carca (el olvidado Martínez Camino) dice que es un dios falso de la cultura dominante. ¡Qué mundo tan dislocado si el progreso es el demonio! A veces, en estas mañanas oscuras y renqueantes en la plaza, ante esta urgencia de destrucción que nos envuelve, donde todo es obsoleto y nada vale ya, me da por pensar: ¿para qué? A veces solo hace falta abrir la puerta para encontrar la vida sin maquillar.
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