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Opinión | La plaza y el palacio

Profesor de Derecho Constitucional de la UA, Ex Conseller de la Generalitat Valenciana

Ricard Pérez Casado: espejo de alcaldes, ciudadano ejemplar

Yo propondría otro homenaje de ámbito de Comunitat Valenciana: un foro con su nombre -y su espíritu- para recordar y formar, y presentar buenas prácticas. Para resaltar que lo más genuino de la democracia comienza en los ayuntamientos

Ricard Pérez Casado en Levante TV

Ricard Pérez Casado en Levante TV / L-EMV

Esta semana ha fallecido Ricard Pérez Casado, que no fue el primer alcalde democrático de València pero que pasó a ser su primer edil a los pocos meses de las elecciones. Se mantuvo nueve años, que pudieron, y seguramente debieron, haber sido más. En la memoria colectiva ha quedado como el gran alcalde de la Transición. Y eso que no lo tuvo nada fácil. Me ha reconfortado ver juntos a la alcaldesa de València y a Joan Ribo, recordándole, y apreciar consenso sobre cómo honrar su recuerdo: un último servicio a la ciudad. Yo propondría otro homenaje de ámbito de Comunitat Valenciana: un foro con su nombre -y su espíritu- para recordar y formar, y presentar buenas prácticas. Para resaltar que lo más genuino de la democracia comienza en los ayuntamientos. De hecho, el cambio municipal, tan decisivo para renovar la vida y las expectativas, es el gran olvidado de la Transición.

Llevaba tiempo enfermo, alejado de tareas públicas y pidió que los trámites de exequias fueran discretos, íntimos. Estos días, su vida y obras ya han sido narrados por muchas personas, pues Ricard dejó imperecedera huella en aquellos que le trataron. Me acojo al magnífico artículo de quien fue su gran amigo, José María Perea, publicado en Información. Con él hablé nada más conocer la noticia: estaba muy apenado. Pero su testimonio, más allá de los sentimientos humanos personales, deja testimonio de cómo trabajó con él, y con otro imprescindible: José Ramón Navarro, por ver si Alicante tenía alguna solución a los estragos desarrollistas. Si me animo a escribir es porque creo que no sobrarán los alicantinos que tengamos un recuerdo, que sería nuestra forma, esta semana, de hacer buena política. Porque eso es lo primero: Ricard era un político. Hoy casi da vergüenza decirlo. Pero él honró como pocos la vocación y el oficio con sus valores y con sus virtudes en el sentido de Maquiavelo: los conocimientos puestos al servicio de lo colectivo.

Hubo una época en que estudié en València, y aunque militaba en otro partido, mi admiración por Ricard era enorme: la ciudad se desperezaba y eso es lo mejor que se debe decir de una ciudad, pues muchos alcaldes de pocas luces y nervio quieto consideran que lo mejor que les puede pasar es mantener a su municipio quieto, dormido. Pero entonces la ciudad será alimento de especuladores, de fanáticos, de aventureros, de cualquiera que sólo considere la urbe como materia de negocio. De eso sabemos en Alicante. Y en Alicante conocí a Ricard, presentados por Perea, por supuesto, en un bar cercano al ayuntamiento, donde había venido a algún festejo a los que tan dados somos -él no alcanzó a tener buena relación con unas fallas hiperpolitizadas en el peor sentido-. Yo creo que, joven y tímido, no hablé esa noche. Él, sin embargo, arrasó con su simpatía y conocimientos.

Luego vendrían las agresiones de fachas-blaveros. Y es que aquí -València es aquí- hubo una época en que los antepasados de muchos de las derechas, actuaron como auténticos terroristas, de bomba a veces, de palo y cachiporra otras. Ricard, sin alharacas, se enfrentó a esa situación: sólo la modernización integral de València permitiría que esos residuos de franquismo pudieran domesticarse. Y tuvo que pasar el 23 F secuestrado. Me lo contó luego, cuando nuestra confianza creció y las coincidencias en actos o en paseos por su/mía ciudad me otorgaron su confianza. Lo contaba con alegría. Sí. Porque no sólo había sobrevivido cuando no las tenía todas consigo, sino porque aquello le dio una conciencia de victoria: ganamos la Transición, lo que ahora demasiados memorialistas olvidan.

Fue una situación extrema. Pero la lección permanece intacta, como espejo en el que reflejarse ediles de todos los colores: un alcalde, ante todo, es la democracia encarnada en su municipio, y aun más allá, si su consistorio es grande y puede ayudar a otros. Los éxitos en jardines, regulaciones urbanísticas o agenda cultural, o los avisos contra la corrupción, deben ser éxitos de la democracia: no sólo en los discursos, sino en la conformación de un relato total en el que la ciudad misma, esto es, sus gentes, emerjan como dueños, en conversación permanente, pendientes más del futuro que del presente.

Quizá eso le costara el cargo. Y es que ahora que se vuelve a hablar con cierta intensidad por algunos de recuperar “aquella socialdemocracia”, a la que no restaré méritos, bueno será recordar que también bajo su paraguas se animaron mediocres que veían en alguien libre, educado, brillante, un peligro constante. Nadie me convencerá de que esa mediocridad es necesaria para que avance la humanidad, la clase obrera o, qué sé yo, el partido que sea. Pero así están las cosas.

Fue rescatado para ser administrador (alcalde) de la monstruosamente destrozada ciudad de Mostar, en Bosnia, arrasada en vidas y en patrimonio: su puente medieval hundido fue símbolo de la guerra. Ricard se afanó en la reconstrucción y en llevar la paz a las conciencias y a los cuerpos. Creo que la anécdota que más veces me contó es aquella en la que, nada más llegar, y rodeado de militares de alta graduación -¡él, tan civil!-, buscó, ante todo, desarmar a los contendientes con buenas palabras, apoyándose en personas de buena voluntad… hasta que le dijeron que las armas de las fuerzas cristianas se guardaban… ¡en el convento de los muy pacíficos franciscanos!, con la anuencia de su Padre Guardián. Hubo que desarmar a los franciscanos. Qué cosas.

Luego, en fin, aún desempeño algún cargo -parlamentario y otras cosas de menor entidad política-. Pero yo diría que algún dolor se quedó en un rincón de su humor. No lo sé. Muy pocos llegan a alcalde, y menos de una gran ciudad, pero podemos mirar a Ricard Pérez Casado como lo que fue, antes, durante y después de su alcaldía: un ciudadano ejemplar, como muy pocos. Definido por un compromiso personal irreductible, claro en las ideas, sin atisbo de sectarismo, dispuesto a cometer errores si era el precio para gobernar con muchos aciertos.

Recuerdo nuestro último encuentro. Yo era conseller. Me dijo: “Cuídate de los míos, que son peligrosos. Si lo sabré yo”

Los últimos años no le vi. Me llegaban a veces malas noticias. Pero recuerdo nuestro último encuentro. Yo, que era conseller, estaba hablando por teléfono mientras miraba distraídamente el escaparate de una librería frente al Palacio del Marqués de Dos Aguas, en València. Pasó por mi lado y se paró. Por gestos le indiqué que no podía cortar la conversación, que podía ser larga. Y él, por gestos, me respondió que no importaba, que me esperaba. Nada más colgar me dijo que se notaba que estaba enfadado, que era una típica conversación de político en mitad de una crisis. Le di la razón y le conté los pormenores del rifirrafe con otro miembro del Consell. Él me dijo: “Cuídate de los míos, que son peligrosos. Si lo sabré yo”. Me lo dijo con media sonrisa en la boca y una sombra en la mirada. Creo que en ese momento él tendría peor imagen de los suyos que yo que, en general, me llevaba bien con ellos. Pero lo importante es que, hasta el final, pese a todos, fue de los suyos. Y de los míos. De la ciudad y País entero. Pero sin desorientarse con banalidades. Viva en el recuerdo y aprendamos de lo que somos gracias a él y a unos pocos y pocas más.

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